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Moisés



MOISÉS...


Se cedió tan completamente al propósito de Dios, como la vara que tenía en la mano lo estaba a su propia voluntad. A esto se debió su nombre escogido de «el siervo del Señor» y la constante reiteración de la frase «como el Señor mandó a Moisés». Se alimentaba diariamente de las promesas de Dios, presentándolas en sus oraciones, y apoyándose completamente en ellas. 
Y con frecuencia sabía lo que era dejar tras sí lo familiar y lo experimentado para volverse hacia lo extraño y nuevo; por mandato de Dios caminaba, aunque pareciera que no había nada donde pisar, arrojándose a sí mismo y a tres millones de gentes, absolutamente al cuidado de Dios, asegurado de que la fidelidad de Dios no le faltaría. Su fe hizo de Moisés todo lo que era. Los métodos de Dios nunca pasan. No dejaremos de tener su fe, si pagamos el precio de su disciplina.

¿Tienes voluntad para abandonar toda tu fuerza? ¿Dejar todos tus planes para adoptar los de Dios? ¿Indagar su voluntad y hacerla absolutamente? ¿Ponerte en actitud de rendición absoluta a sus propósitos? ¿Alimentarte diariamente con las promesas de Dios, como una joven con las promesas de su amado ausente? ¿Confiar, sin emoción alguna, en la fidelidad de Dios, sólo estando plenamente persuadido de que Él hará todo cuanto ha prometido? Entonces seguramente por medio de ti, Dios, ahora o en adelante, obrará como en los antiguos tiempos de los cuales nuestros padres nos han hablado... 

Es cierto que, mientras pasa el siglo presente, Dios tiene grandes planes que pronto se realizarán. Conforme a su método invariable, tendrá que verificarlos mediante la instrumentalidad y la fe de los hombres; la única cuestión es, ¿estamos en tal condición, es de tal naturaleza nuestra fe, que puede obrar por medio de nosotros para la gloria de su santo Nombre? Meditemos bien las lecciones enseñadas en la vida y el carácter de Moisés, para que en el debido tiempo lleguemos a ser instrumentos apropiados para el uso del Maestro, y estemos preparados para toda buena obra.



Frederick B. Meyer

Libro: Moisés, el siervo de Dios


Cincelado por la mano del Maestro (Erwin Lutzer)



El toque Humilde del Maestro
(Lee Juan 13:1-20)


El mundo es un lugar sucio, espiritualmente hablando. Las películas que vemos en televisión, la deshonestidad prevalente en los negocios y un general abandono de los valores morales, se constituyen en influencias que presionan a muchos creyentes a comprometer sus convicciones.
Las tentaciones que enfrenta la generación más joven son, históricamente en su totalidad, inigualables. Pero el verdadero enemigo no está afuera, está adentro. Nacemos con una naturaleza que tiende hacia los intereses carnales. Los deseos oscuros internos, sólo son muy receptivos a los estímulos externos. Y aun entre nosotros quienes estamos comprometidos con una vida de pureza, encontramos que cada centímetro de progreso es una competencia. ¿Cómo podemos vivir limpiamente? En 1986, un pirómano entró a la Iglesia Moody de Chicago, y se robó algunos elementos de mi oficina, decidiendo luego incendiar el órgano, el piano, el púlpito y varias sillas de roble.
El daño que el humo le hizo al templo fue extenso, y limpiar el edificio nos tomó miles de horas. No importaba con qué frecuencia limpiábamos las sillas del auditorio, los libros y los escritorios de las oficinas, pues aun podíamos encontrar cenizas ocultas en las rendijas de una silla, o en la gaveta de un escritorio. Las acciones de un hombre que tal vez le tomaron 10 minutos, ensuciaron unas cuatro mil sillas del auditorio, los himnarios, los pasillos y los salones de la escuela dominical, por no mencionar las oficinas.
Aunque el pirómano fue arrestado, y pasó algún tiempo en la cárcel, las consecuencias de su delito no disminuyeron. De igual manera ocurrió con Adán y Eva, un sólo acto de desobediencia hizo que la suciedad del pecado cayera sobre cada corazón humano. A través de los siglos, el hombre ha intentado limpiarse por sí mismo, pero aunque lo intentemos cuantas veces lo deseemos no podremos borrar las manchas. El hollín del pecado se ha fijado en el espíritu humano, un lugar que no puede ser alcanzado por los detergentes populares. De nuestros corazones debe ser desarraigado uno de los pecados más comunes, el orgullo. Esa sutil actitud que nos hace creer que somos mejores que otros. El orgullo hace que tengamos una vida de oración casual, porque creemos que necesitamos a Dios sólo durante las emergencias. Aún después de aceptar a Cristo como Salvador, el orgullo nos puede mantener lejos de ser verdaderos siervos.
Una tarde, ya bastante avanzada, los discípulos estaban debatiendo sobre la pregunta: ¿Quién es el mayor en el Reino de los cielos? (Mí. 18:1). Ellos esperaban que Cristo estableciera su reino, razón por la cual se preguntaban, ¿quién podrá ser el primer ministro? ¿Quién servirá como secretario de estado? Esa misma noche, Cristo tenía en su itinerario celebrar la última cena con ellos. En ese ambiente, Elles dio una lección poderosa acerca de la humildad y la limpieza espiritual. Como podríamos esperarlo, Pedro estaba involucrado en ese discurso altamente necesario. Cristo utilizó sus reacciones y preguntas para enseñar algunas lecciones que todos nosotros necesitamos aprender. Una vez más, el Escultor divino cinceló un poquito más aquellas actitudes carnales en el carácter de Pedro. También comprobó su habilidad para limpiarle de cualquier mancha impura que se escondiera en su corazón y conciencia.
En aquellos días la gente usaba sandalias abiertas o de amarrar, y los pies se ensuciaban mucho a medida que andaban por caminos polvorientos. Se esperaba que los siervos le lavaran los pies a los huéspedes para hacerles sentir cómodos, al igual que bienvenidos. Jesús le había pedido a sus discípulos que prepararan el aposento alto, para comer con ellos la cena de la Pascua. Cuando los 13 hombres llegaron, no había ningún siervo disponible. Los discípulos se miraron unos a otros, preguntándose quién se inclinaría para lavar sus pies. Jesús los sorprendió: .. .se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugar/os con la toalla con que estaba ceñido (Jn. 13:4-5).
Consideremos las tres lecciones que Cristo le enseñó a Pedro y a los' demás discípulos. Lecciones que todos debemos aprender. 

Lección sobre la servidumbre

Los discípulos debieron haber quedado sorprendidos y avergonzados. ¡El Hijo de Dios estaba ceñido con una toalla, y se inclinaba para lavar los pies de cada discípulo! ¡Cómo podía El rebajarse tanto! ¡El Creador les estaba lavando los pies a sus criaturas! Increíble, Dios se encontraba arrodillado. De hecho, aquellas manos crearon el universo, El pronunció la palabra para que existiera, y ahora ellas estaban lavando pies sucios. Lógico, Cristo se sentía seguro viviendo con el pleno conocimiento de que no
necesitaba mantener la esperada postura de un rey. El podía humillarse a sí mismo porque las expectativas de otros no eran importantes. Su seguridad personal interna, era la fuente de esa paz permanente que controlaba cada uno de sus movimientos, y su fortaleza. La frase clave de esta historia está en Juan 13:3: .. .sabiendo Jesús. La confianza de Cristo estaba tan profundamente arraigada, que bien podía descender a
una posición baja sin que su dignidad se viera amenazada. ¿Qué sabía El, específicamente, que le permitía creer que lavar unos pies sucios no estaba por debajo de su dignidad?
Primero: El conocía su misión. Antes de la fiesta dela pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (Jn. 13:1). En esta hora se reunirían la oscuridad de Getsemaní y el horror de la cruz. Sin embargo, esta era precisamente la razón por la cual Cristo había venido al mundo; la voluntad de Dios se estaba cumpliendo.
Segundo: El conocía sus recursos. .. .sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en Sus manos... (Jn. 13:3). Sí, aun los planes sutiles de Judas, realizados
bajo la instigación de Satanás, estaban plenamente bajo el control de Cristo. Esto le daba a Ella confianza de que su propio futuro no estaba en manos del azar, sino en la seguridad de la voluntad de Dios.

Tercero: El conocía su origen....sabiendo......que había salido de Dios... (Jn. 13:3). El recordaba las glorias del cielo, el compañerismo con el Padre y el plan de que
vendría a redimir una parte de la raza humana. El estaba seguro de su misión celestial.
Finalmente: El sabía su destino ....y a Dios iba... (Jn. 13:3). Entre el punto de su origen terrenal y el de su destino final, yacía la agonía de Getsemaní y el horror de la cruz. Sin embargo, porque El sabía cómo terminaría todo, podía enfrentar esa prueba confiando: ... el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios (He. 12:2). Con un sentido tan claro sobre su misión, Cristo era de tomar cualquier lugar bajo, en medio de sus discípulos. Lo que hacía no era tan importante para El, como para quien lo hacía. Aun una tarea ordinaria llega a ser extraordinaria si es hecha con la motivación correcta.
Hoy, muchas personas buscan un trabajo que puedan amar, y es maravilloso cuando lo encuentran; pero millones nunca lo hallarán y sin embargo, experimentarán satisfacción. Pablo enseñaba que aun los esclavos tenían el honor de trabajar para Dios en lugar de hacerlo para los hombres, si miraban su condición desde la perspectiva divina (Ef. 6:5-8). Podemos buscar una vocación acorde con nuestra capacitación, aptitudes y dignidad. Aveces los candidatos son rechazados porque tienen demasiada educación o experiencia, ya que les será difícil estar satisfechos con una responsabilidad menor.
¡Nunca alguien tan sobrecalificado como Cristo, el Hijo de Dios, ha estado lavando los pies de sus discípulos! Aquel que era más alto que los cielos había descendido mucho más que un esclavo. No es de sorprenderse que, con frecuencia empleara a un niño para enseñar el significado de la verdadera grandeza.

Del libro: Cincelado por la mano del Maestro (Erwin Lutzer)

Examinadlo todo, retened lo bueno.



Examinadlo todo; retened lo bueno.
1 TESALONICENSES 5:21

Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son
de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.
l°JUAN 4:1

Quiero compartir con usted un pequeño tesoro espiritual que
Dios me dio hace unos años, y que me sirve para descubrir si
una doctrina procede de Él o no; si una bendición que recibo,
una experiencia emocional que pueda tener, un milagro que
crea haber visto, o cualquier otra cosa, proceden de Dios. Por
supuesto, algunos cristianos no pueden aprovecharse de esto
por la sencilla razón de que son estáticos. No han tenido experiencias
nuevas, ni tendrán ninguna si pueden evitarlo. Están
satisfechos de batir con fuerza sus alas y zumbar a poca altura.
Pero usted, que busca a Dios, usted, que se preocupa e inquieta
por su vida espiritual, lo que sigue es para usted.
Algunas personas están atribuladas en sus vidas espirituales.
Leen la Biblia, pero no les ayuda. No parecen capaces de
encontrarse a sí mismos. Están dispuestos a escuchar a quien
sea, y eso es un peligro. No me gusta ver a nadie demasiado 
dispuesto a aceptar las cosas. Me gusta que hagan lo mismo que
los habitantes de Berea: examinar las Escrituras para ver si tales
cosas son ciertas (véase Hch. 17:11).
Algunas personas son inquietas y buscan las novedades. Se
dedican a escuchar a todo el mundo dando conferencias, charlas,
mensajes. Eso está bien; la radio es un buen medio de comunicación.
Pero usted debe usar la mente y el corazón. El mero
hecho de que una persona hable rápido y parezca piadosa no significa
nada. El diablo puede presentarse como ángel de luz. Por
lo tanto, usted debe aprender a distinguir entre un ángel de luz y
un ángel de Dios. Tiene que aprender a distinguir entre la verdad
y la verdad aparente.
Hay algunos que están dispuestos a aceptar una nueva doctrina
y a buscar nuevas experiencias si alguien se les acerca y les
demuestra que tiene una. Y siempre están aquellos que se sienten
estimulados por los milagros. Yo nunca he sido de ésos. He visto
a Dios hacer algunos milagros, pero a mí los milagros nunca me
han convencido mucho. Si no han creído a Moisés, a los profetas,
a los apóstoles y a nuestro Señor, tampoco creerían aunque
un hombre se levantase de entre los muertos. Los milagros son
pruebas secundarias de cualquier cosa, y sin embargo a algunas
personas los afectan tremendamente; y si alguien se presenta y
tiene la capacidad de hacer un milagro, creerán lo que sea.
Quiero darle una norma para ayudarle en este sentido: consiste
en analizar «la novedad» planteándome cómo afecta a
mi relación con Dios, con Cristo, con las Escrituras, conmigo
mismo, con el mundo y con el pecado.

LA ACTITUD HACIA DIOS
Suponga que usted escucha una nueva doctrina que le ha transmitido
un individuo sudoroso que habla de forma altisonante. 
Muy bien, él tiene su doctrina, pero, ¿qué hace esa doctrina por Dios? ¿Lo
engrandece o lo empequeñece? ¿Hace a Dios necesario o menos
necesario? ¿Coloca a Dios donde le pertenece? ¿Le glorifica, me
humilla y me muestra lo pequeño que soy y lo grande que es Dios?
¿O bien esconde a Dios, poniendo un velo entre Él y nosotros?
Todo aquello que haga que Dios sea menos importante,
maravilloso, glorioso o poderoso no es de Dios. El propósito de
Dios en la redención, al enviarnos las Escrituras y al redimir a la
humanidad, es ser glorificado entre los seres humanos. La gloria
de Dios es la salud del universo. Siempre que Dios no es glorificado,
esa parte del universo está enferma.
El infierno está enfermo porque allí no se glorifica a Dios.
El cielo disfruta de una salud gloriosa porque allí se glorifica a
Dios. La Tierra está entre la salud y la enfermedad, porque solo
algunos glorifican a Dios y el resto no. La gloria de Dios es la
salud del universo; y el sonido de los himnos de alabanza al Dios
todopoderoso es la música de las esferas. Por consiguiente, toda
doctrina, cualquier fase o énfasis de doctrina; toda experiencia
que me parezca tener; todo milagro que me parezca haber visto;
si no engrandece a Dios, manteniendo su lugar privilegiado, y
haciendo que sea indispensable y maravilloso, entonces déjelo
a un lado diciendo: «No tendré nada que ver con cualquier cosa
que le reste importancia a Dios».

LA ACTITUD HACIA CRISTO

¿Cómo afecta esta nueva doctrina a nuestra relación con Cristo y
a nuestra actitud hacia Él? Como Cristo es quien es y lo que es,
es indispensable. Él es y siempre será necesario hasta el punto
de ser indispensable para nosotros. Toda enseñanza, toda experiencia,
toda comunión, toda actividad que haga a Cristo menos
necesario para nosotros no puede ser de Dios.
Pongamos, por ejemplo, que usted se ha acercado al altar.
Ha orado, ha sido bendecido, ha escuchado enseñanzas dadas
por hombres que respiran igual que yo. El hecho de que el Dr.
Fulano de Tal lo diga no significa que sea cierto. El hecho de
que lo haya dicho yo, tampoco. El hecho de que sus maestros
de la Biblia lo digan no hace que sea verdad. Podemos equivocarnos.
Usted tiene que probarnos, a nosotros y a cualquier otra
persona, y escudriñar las Escrituras.
Nuestra enseñanza, ¿ha hecho que Cristo sea más grande,
importante, dulce e indispensablemente hermoso de lo que era
antes? Si es así, tiene un motivo poderoso para creer que el mensaje
provenía de Dios. Si ha mermado su gloria, si usted se ha
apegado a los hombres, entonces la enseñanza que ha recibido
es mala o, al menos, se la han transmitido de una manera incorrecta.
Jesucristo es absolutamente necesario. Es el imperativo
divino, es aquel sin el cual no podemos vivir. Debemos tenerle, y
estar en Él, y Él en nosotros. Si la doctrina es de Dios, su dependencia
de Dios y de Cristo aumentará, y Cristo será cada vez más
dulce y maravilloso.
No quiero decir que será más dulce a medida que pasen los
años. Eso lo dice uno de nuestros cánticos, pero no me lo creo
la mitad de las veces que lo oigo. El mismo diácono anciano
que canta «Más dulce cuando pasan los años» cada mañana de
segundo domingo del mes, durante veinte años, es la misma persona
agria, enfurruñada y tozuda que ha sido siempre, pero un
poco más vieja, nada más. No cantemos lo que no sentimos. Prefiero
quedarme sentado en silencio y no decir ni siquiera «amén»
que mentir a Dios y a mis hermanos. Pero si Él es más glorioso
cada día que pasa, no hay mal alguno en proclamarlo; y creo que
es bueno decirlo bien claro.
Jesucristo, nuestro Señor, es indispensable; está por encima
de todo; y toda experiencia, cualquier interpretación de las 
Escrituras que no le engrandezca, le haga magnífico y maravilloso,
no viene de Dios. Porque Dios quiere glorificar a su Hijo, y
el Hijo glorificar al Padre, y el Espíritu Santo glorificar a ambos.
Por lo tanto, todo aquello que pretenda venir de Dios, incluso
un arcángel con alas de doce metros y reluciente como un panel
de neón que baje del cielo para decirme que acaba de ver un
milagro y quiere que le acompañe, tendría que darme capítulo y
versículo. Querría estar seguro de que venía de Dios. No pienso
correr detrás de ningún fuego fatuo.
A mucha gente le molesto. Se preguntan por qué no me
entusiasmo con ellos cuando vienen contándome historias. No
pienso entusiasmarme con un hombre que respira igual que
yo. Éste es mi libro, la Biblia; aquí están mis dos rodillas, y aún
puedo flexionarlas. Cuando sea tan anciano y reumático que no
pueda doblarlas, oraré de pie. El Dios Todopoderoso escucha
orar a su pueblo, y yo tengo línea abierta con ÉL Cuando la gente
me dice que el Señor les ha dicho que me comuniquen algo, les
digo: «Tengo línea directa con Dios. ¿Por qué no me lo ha dicho
Él?». Rechazo lo que digan a menos que magnifique a Dios y
hermosee a Jesucristo; entonces sí le prestaré atención. Pero eso
no sucede con demasiada frecuencia.

LA ACTITUD HACIA LAS ESCRITURAS

¿Cómo afecta esta nueva experiencia, esta nueva interpretación,
este nuevo predicador o este énfasis novedoso a nuestra actitud y
a nuestra relación con las Escrituras? ¿Son más o menos preciosas
para nosotros?
Una vez vino a verme una mujer que me dijo: «Sr. Tozer, me
gustaría hacerle una pregunta. Estoy preocupada».
Le pregunté: «¿Cuál es el problema?».
Me dijo: «Nuestro pastor ha estado avanzando en las cosas de
Dios, y ha llegado tan lejos que ahora nos dice que Dios le ha dado
nuevas revelaciones que no están en las Escrituras. Además, quiere
que apartemos nuestras mentes de todo lo que hemos aprendido y
le sigamos, y dice que si no lo hacemos estaremos pecando».
Le dije de una forma amable y académica que le dijera al pastor
que se fuera a paseo, y que ella volviera a la Palabra de Dios.
Ningún hombre me convencerá para que le siga a menos que respete
las Escrituras. Éste es el Libro, el Libro de la ley y del testimonio.
Si no hablan de acuerdo con la ley, es porque la verdad
no mora en ellos. Quien tenga el sueño, que lo cuente, pero el que
tenga la Palabra, que la transmita con fidelidad. Usted siempre
podrá confrontarlo todo con la Palabra.
Si esta nueva experiencia no le hace leer más la Palabra, no
viene de Dios. Si no le hace meditar más en la verdad, no es de
Dios. Me da lo mismo lo bien que se sienta usted. Aunque se sienta
tan a gusto que parezca nuevo de trinca, como solía decir la canción
de los campamentos, no está siendo bendecido por Dios.
Alguien podría preguntar: «¿Es posible tener una experiencia
emocional que no provenga de Dios?». Yo diría que sí. Es totalmente
posible tener experiencias emocionales que no vengan de
Dios. Pero creo que las experiencias genuinas poseen una connotación
emocional, motivo por el cual no tengo objeción alguna a
las emociones. Creo que el pueblo del Señor debería ser el más feliz
y radiante de este mundo, y creo que no debería dudar en proclamar
su mensaje y decir «amén» cuando se sientan motivados. Si
no, es un mero hábito, es leña seca. Por lo tanto, pregúntese: ¿cómo
afectan estas experiencias a mi actitud sobre las Escrituras?

LA ACTITUD HACIA MÍ MISMO

Entonces, ¿cómo afecta eso nuevo a nuestra actitud hacia nosotros
mismos? Todo lo que proviene de Dios reduce el ego y glorifica
al Señor. Todo lo que procede de Dios nos humilla. Todo lo que
viene de Él hace que la carne sea intolerable. Pero si procede de
la carne, nos halaga y nos hace sentirnos superiores; nos hace
mirar a otros cristianos por encima del hombro.
¿Ha conocido alguna vez a cristianos cuya nariz está 45
grados por encima del horizonte? Sonríen desde sus alturas
imperiales y dicen: «Es que usted no me entiende. Ore sobre el
tema»; y se alejan con una pose propia de san Francisco. Pero
lo único que tienen es un caso grave de orgullo. Se trata de un
orgullo enfermizo, canceroso. No, todo lo que procede de Dios
nos humilla. Si viene de Dios, hace que usted aprecie más a sus
hermanos y hermanas en Cristo. Además, le hace apreciar hasta
al cristiano más humilde y más pobre de toda la congregación,
y le incita a amarle.
El ego se infla, le hace mirar despectivamente a otros, compadecerles
y sonreírles como si no estuvieran a su altura. Nunca
se coloque en un pedestal. En usted no habita nada bueno. Me
da lo mismo quién sea usted, cuántos títulos tenga o cualquier
cosa que pueda decir o que otros hayan dicho de usted. Toda
experiencia que viene de Dios, toda doctrina que procede de
Él, humilla mi carne y hace que me postre ante su presencia;
engrandece a Dios y me empequeñece a mí.

LA ACTITUD HACIA EL PECADO

Por último, ¿de qué manera afecta esa nueva interpretación de
las Escrituras, esa nueva experiencia o esa nueva enseñanza a
nuestra actitud hacia el pecado y nuestra relación con él? Si es de Dios,
hará que el pecado le resulte intolerable.
Cuanto más me acerco a Dios, más intolerable me resulta el
pecado. Sin embargo, he escuchado a personas que han tenido
una experiencia espiritual, que decían: «Para mí, el pecado ya no
es pecado. Dios me ha santificado. No puedo pecar y, por lo tanto,
puedo hacer esas cosas que, de hacerlas otros, serían pecado».
No cabe duda de que el diablo se metió en aquel individuo
que empezó a enseñar esa doctrina. El pecado es pecado, da igual
quién lo practique. Y si Dios enviará al infierno a un pecador por
cometer pecados, ¡cuánto más los hijos de Dios deberán abstenerse
de esa práctica! Hermanos, debemos ser salvos del pecado.
Aunque no soy de los que creen en lo que algunos llamarían
«perfección cristiana», creo que existe la purificación del pecado,
y caminar en el Espíritu, y no satisfacer los deseos de la carne. Y
creo que todo cristiano tiene derecho a acercarse a Dios y pedirle
que Él le santifique, alejándole del pecado. Por supuesto, puede
tropezar. Si tropieza, existe un botiquín de primeros auxilios.
«Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis». Ésta
es la voluntad de Dios, número uno. «Y si alguno hubiere pecado,
abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Jn.
2:1). Éste es el botiquín de primeros auxilios. El Señor no permite
que mueran sus hijos que tropiezan. Los levanta, les quita
el polvo, venda sus heridas y los pone en el camino correcto.
Si pecamos, hay liberación, pero saber esto no debería inducirnos
a pecar. Si hacemos provisión para el pecado mañana,
mañana pecaremos. Pero si nos arrodillamos y decimos «Señor,
en mí no hay nada bueno, pero creo que tú eres mi guardador,
mi santificador, y que me mantendrás alejado del pecado», Dios
nos mantendrá lejos de éste.
Éstas son las siete pruebas para descubrir si una experiencia,
una enseñanza o un milagro son de Dios. Le exhorto a seguir
adelante y someterlo todo a prueba. Si Dios ha hecho algo por
usted, déle las gracias de todo corazón, y busque las cosas de
arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. El lugar
allá en lo alto es mejor que cualquier lugar aquí abajo. Y en 
este ancho mundo no hay nada que sea tan maravilloso como
cuando miramos su rostro y le vemos como Él es. Si hablar con
Él aquí es maravilloso, ¡cuánto más lo será hablar con Él sin que
medie ningún velo.

Del Libro: "Fe Auténtica" A.W. Tozer

Espacio Femenino- Tema: Abigaíl


Abigail

“Aquel varón se llamaba Nabal, y su mujer Abigail. Era aquella mujer de buen
entendimiento y de hermosa apariencia, pero el hombre era duro y de malas obras; y era
del linaje de Caleb” (1 Samuel 25:3).

Léase: 1 Samuel 25:2-42.
Parece que también en otras épocas se concertaban matrimonios de personas sumamente dispares. Tenemos un ejemplo de ello en el matrimonio de Nabal con Abigail. Nabal era un hombre muy rico, pero sumamente burdo y zafio (salvaje), de poco discernimiento y dado a toda clase de excesos. Ella era una mujer juiciosa y de buen parecer y con un recto sentido moral. Es posible que el lector se pregunte cómo pudo aceptar esta mujer a un hombre así. Para comprenderlo nos basta recordar que en aquellos tiempos la mujer no era consultada para ser dada en matrimonio. Nos basta hacer mención de Lea en su matrimonio con Jacob. Podemos suponer que el caso de Abigail fue semejante.
No es muy probable que Abigail tuviera una vida muy plácida con este hombre, o que hubiera mucha comprensión por parte de él en los asuntos de la casa o en sus relaciones personales. Este hombre sólo se preciaba de sus posesiones materiales y su mayor satisfacción era correrse juergas mayúsculas con sus compinches. Nabal había tomado la parte de Saúl, el rey, en la contienda de éste con David según se nos hace evidente en la respuesta que da a los mensajeros de David: “Hay muchos siervos hoy que huyen de sus señores”. Como veremos, Abigail tenía mucha más comprensión y es evidente que por su parte, estaba decididamente del lado de David, pues lo demuestran también sus palabras: “Y. acontecerá que cuando Jehová haga con mi señor conforme a todo el bien que ha hablado de ti, y te establezca por príncipe sobre la tierra...”.
La historia se puede relatar rápidamente: David se hallaba con sus hombres en la montaña y envió a Nabal un destacamento para pedirle vituallas (abastecimientos). David consideraba que tenía derecho a ello porque había protegido a los pastores de Nabal. Pero Nabal odiaba a David; por ello trató rudamente a sus enviados y los despidió con las manos vacías.
La reacción de David al enterarse del ultraje es comprensible: “Cíñase cada uno su espada...”. Cuatrocientos soldados iban a caer sobre la casa de Nabal y ningún hombre habría quedado vivo en ella. Pero, Abigail intervino y dio órdenes de cargar varios asnos con panes, cueros de vino, ovejas, grano y fruta. Los envió a David y ella misma siguió a sus siervos para asegurarse de ver aplacado a David. 
El discurso de Abigail a David es un modelo de diplomacia, y consiguió lo que deseaba. Se echó a los pies de David, tan pronto como le vio, y disculpó la insensatez de su marido con palabras elocuentes. Luego pidió misericordia a David en nombre de Jehová, y al final le hace ver que cuando llegue el día que David vea reconocidos sus derechos estará contento de no haber derramado sangre sin causa “o de haberse vengado por sí mismo”. Las palabras con que se despide son: “Acuérdese mi señor de su sierva” No sólo aplacó la ira de David, sino que cuando al poco Nabal murió, después de una espantosa borrachera, y Abigail quedó viuda, David “se acordó”: le mandó una embajada diciéndole que deseaba tomarla por mujer. Oigamos la respuesta de Abigail: “He aquí tu sierva será una sierva para lavar los pies de los siervos de mi señor”. Su discreción no la había abandonado. Hemos de tener en cuenta que éste era el estilo de lenguaje de aquellos tiempos. Abigail mostró prudencia en difíciles circunstancias. Dio muestras de fe al decir a David, el escogido de Dios en oposición al rey Saúl: “Aunque alguien se haya levantado para perseguirte y atentar contra tu vida, con todo, la vida de mi señor (David) será ligada en la faz de los que viven delante de Jehová tu Dios, y Él arrojará la vida de tus enemigos como de en medio del hueco de una honda”. 
Abigail vio cumplidas estas palabras.

Preguntas sugeridas para estudio y discusión:
1. ¿Qué tipo de matrimonio era el de Abigail?
2. ¿Cómo es posible que se realizara este matrimonio?
3. ¿Cómo demostró su fe Abigail?

Del Libro: "Mujeres del antiguo testamento" Abraham Kuyper -Editorial CLIE

La Voz que Habla





En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios,
y el Verbo era Dios. Juan 1:1

Dios está hablando. No solo que ha hablado, sino que está hablando. Habla continuamente por medio de la naturaleza; el mundo está lleno de su voz. Una de las grandes realidades que debemos considerar es la Voz de Dios hablando en este mundo. La cosmología más breve y más satisfactoria es ésta. "Dios dijo, y fue hecho!' El por qué de la ley natural es la voz viviente de Dios inmanente a toda la creación. Y esta palabra de Dios que dio vida a todas las cosas no puede entenderse que es la Biblia, porque no es palabra escrita o impresa, sino la expresión de la voluntad de Dios hablando en la estructura de todas las cosas. Esa palabra de Dios es el aliento divino, que llena todo con potencia viva. La voz de Dios es la energía más poderosa en la naturaleza, pues toda energía parte del hecho de que Dios ha hablado.

La Biblia es la palabra escrita de Dios, y porque es escrita, está confinada a los límites del papel, tinta y cuero. En cambio la voz de Dios es viva, libre y soberana. "Las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida!' La vida está en las palabras habladas. La palabra de Dios en la Biblia puede tener poder solo si corresponde con la palabra de Dios en el universo. Es su Voz presente, lo que hace a la palabra escrita tan poderosa. Si no fuera así, la palabra estaría encerrada entre las tapas de un libro.
Sería una concepción muy primitiva de Dios imaginarlo en la creación usando sierras, martillos y clavos a la manera de un carpintero que fabrica un mueble. La Biblia enseña otra cosa. "Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió"(Salmos 33.9). "Por la fe entendemos haber sido compuestos los siglos, por la palabra de Dios" (Hebreos 11:3). Tengamos en cuenta que Dios no se refiere aquí a su palabra escrita, sino a su palabra hablada. La voz de Dios que llena el mundo antecede a la Biblia por siglos incontables. Es una voz que no ha dejado de oírse desde los albores de la creación, y sigue resonando de un extremo a otro del universo.
La palabra de Dios es rápida y poderosa. En el principio de todas las cosas habló hacia la nada, y la nada se convirtió en algo. El caos oyó esa voz, y se convirtió en orden; la oscuridad la oyó, y nació la luz. "Y dijo Dios sea, y fue!' Estas palabras gemelas, como causa y efecto, ocurren a todo lo largo del relato bíblico de la creación. El dijo vale por el así. Y el así, es el dijo puesto en continuo presente.

Que Dios está aquí, y está hablando, son verdades que respaldan otras verdades bíblicas: sin ellas no podría haber revelación. Dios no escribió un libro y lo envió por medio de mensajeros a personas sin ayuda. Dios habló un Libro, y vive en sus palabras habladas, hablando continuamente sus palabras y haciendo que perduren a través de los años. Dios sopló sobre un muñeco de barro y ese vino a ser un hombre. El sopla sobre los hombres y vuelven a convertirse en barro. "Volveos, hijos de los hombres" -fue lo que Dios dijo después de decretar la muerte de todo hombre, y no fue necesario que dijera una sola palabra más. La triste procesión humana desde la cuna hasta la sepultura es prueba suficiente de que su primera palabra fue verdad. Todavía no hemos dado la atención necesaria a esa profunda declaración en el evangelio de Juan que dice, "Aquel era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo!' No importan los cambios de puntuación que se hagan, la verdad permanece firme' la palabra de Dios afecta el corazón de todo hombre, como la luz lo hace al alma. En el corazón de todos los hombres brilla la luz y resuena la palabra, y no hay manera de escapar. Algo así debe ser necesario, si es cierto que Dios vive y está en el mundo. Juan afirma que así es. Aun las personas que nunca han leído la Biblia han recibido en sus conciencias mensajes suficientemente claros, de manera que no pueden decir que no han oído su voz. "Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles, o defendiéndoles, sus razonamientos"(Romanos 2:15)."Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad,
se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas, de modo que son inexcusables"(Romanos 1:20).

Tomado del Libro: "La Búsqueda de Dios" A. W. Tozer

Una vida invertida en Cristo



"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame"
(Mateo 16:24)

Para comprender lo que esto significa conviene preguntarse:
¿Cuál fue la principal característica de la vida del Señor Jesús?
fue una vida de obediencia a la voluntad de Dios, una vida de servicio desinteresado a los demás,
una vida de paciencia y tolerancia ante los más graves errores. fue una vida llena de celo y desgaste,
templanza, mansedumbre, bondad, fidelidad y devoción. Para ser sus discípulos debemos andar como El anduvo. Debemos mostrar el fruto de nuestra semejanza con Cristo. "En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos." (Juan 15:08)

Permanencia en su Palabra

"Si vosotros permaneciéreis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos". (Juan 8:31)
El verdadero discipulado se caracteriza por la estabilidad. Es fácil empezar bien y lanzarse adelante en un deslumbramiento de gloria. Pero la prueba de la realidad del discipulado es la resistencia hasta el fin. "Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios" (Lucas 9:62). La obediencia ocasional a las Escrituras no sirve. Cristo desea que los que le siguen lo hagan obedeciendo en forma constante y continuada.

Rechazo de todo por seguir a Cristo

"Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo" (Lucas 14:33) ¿Qué quiso decir con renunciar a todo? Significa el abandono de todas las posesiones materiales que no nos sean absolutamente necesarias y que se puedan usar en la extensión de Evangelio.
El que renuncia a todo no se convierte en un despreocupado holgazán. Trabaja arduamente para proveer a las necesidades comunes de su familia y de sí mismo . Pero, como el fin de su vida es extender la obra de Cristo, invierte en el trabajo del Señor todo lo que sobrepase sus inmediatas necesidades y deja el futuro en las manos de Dios. Buscando primeramente el reino de Dios y su justicia , él cree que nunca le faltará nada , ni comida, ni vestido. 


Guillermo Macdonald.

ESPIGANDO- ANGEL M. BONATI 1967


"Jehová has oído mi ruego."
Salmo 6:9

Todos deseamos que nuestras oraciones sean contestadas,
y que lo sean de acuerdo a nuestras peticiones.
Pero nuestro gozo debiera estribar en que Dios ha oído nuestras oraciones;
lo demás debemos dejarlo en sus manos.
Dios ha oído, ¿no es esto realmente maravilloso?
La técnica electrónica ha conseguido que la voz del hombre
se escuche a miles de kilómetros de distancia.
Hallándome en la ciudad de Río Cuarto, en la provincia de Córdoba,
una noche escuché nítidamente un mensaje de la Palabra de Dios desde Nueva York.

La Biblia nos habla de un tercer cielo; tal vez haya el cielo de la atmósfera,
el cielo de los astros, y el cielo de los cielos, donde mora Jesús,
sentado a la diestra de Dios en la majestad de esas alturas.
La distancia de ese cielo escapa a los cálculos humanos,
sin embargo allí, en su Santo Templo, el Dios Todopoderoso 
tiene su oído atento a la oración y ruego de sus redimidos, aquí en la tierra.

No dudemos nunca, sino digamos: "El que hizo el oído, ¿no oirá?
Sí, Dios oye, y aunque sea longánime a nuestros ruegos,
estemos seguros de que él obrará a su tiempo
y que ninguna oración elevada en el Nombre de Cristo
aún la del más pequeño de sus hijos, será desatendida.

Hagamos hoy algún ruego especial; 
pidamos por algún ser querido, por un amigo o por un descarriado,
y tengamos la seguridad de que el oído del Dios de amor
será receptivo, aunque nuestros ruegos sean balbuceados.


ESPIGANDO- ANGEL M. BONATI 1967

Tomarse en serio la Palabra de Dios

He escuchado tu Palabra, oh, Señor, y ha llenado mi corazón
de alabanza y adoración. No me permitas perder de vista el
valor incalculable de tu Palabra en mi vida personal. Nunca
me dejes dar nada por hecho, sino que permite al Espíritu Santo
confirmar en mi vida cada día tu bendita voluntad. Amén.

Una de mis grandes preocupaciones es que muchos de los cristianos
modernos no se toman en serio la Palabra de Dios. Por
el motivo que sea, las Escrituras no tienen autoridad sobre la
vida del cristiano del modo que es necesario para que él o ella
vivan una vida para la gloria de Dios. A muchos les ha dado por
trivializar la Palabra de Dios; algunos incluso la tratan como
una especie de juego, para divertirse. Si queremos que el Espíritu
Santo nos dote de poder, debemos empezar por tomarnos
la Biblia en serio.
Pablo explica que “la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de
Dios” (Ro. 10:17). Si nos apartamos de la Palabra de Dios y de la
atención seria que hemos de prestarle, nuestra fe naufragará en
la ciénaga del desánimo.
Quizá el motivo principal por el que no nos tomamos tan
en serio la Palabra de Dios es porque nos hemos vuelto susceptibles
a las numerosas fuentes de ruido en este mundo, que en
realidad son intrascendentes. Se trata de cosas ruidosas, como digo, pero sin embargo no tienen gran importancia. Incluso el
mundo habla de ellas con una sonrisa irónica y no se las toma
demasiado en serio.
Sin duda que en este mundo hay cosas que importan, como
el hambre, el dolor, la vida, la muerte y el destino. Estas cosas
son importantes y hay que prestarles una gran atención. Pero,
aparte de estas, no hay muchas cosas que importen, y parece
que cuanto más ruido hace algo, menos importa. Los cristianos
somos como el bebé que está en la cuna; lo que más llama nuestra
atención son los sonajeros. De hecho, cuanto más ruido haga
el sonajero, más nos gusta.
Sin embargo, déjeme decirlo otra vez: el mero hecho de que
una cosa haga ruido no quiere decir que sea importante.
La política, sea cual fuere el partido, en realidad no cuenta
mucho. Da igual que sea usted demócrata o republicano. La
política de nuestro país puede cambiar por el capricho de unos
políticos a quienes lo único que les interesa es conseguir que
vuelvan a elegirlos otra vez. Se oponen inflexible y elocuentemente
a cualquier política que obstaculice su reelección.
Las filosofías tampoco son realmente importantes. En el
fondo, el debate sobre idealismo y realismo no es cuestión de
vida o muerte. Puedo pasármelo muy bien debatiendo los méritos
relativos de diversas filosofías, y acabar agotado y embargado
por el orgullo intelectual, pero en el mundo no habrá
cambiado nada. Puedo ganar una discusión, pero mi victoria
no afecta en nada a cualquier cosa realmente importante en
este mundo.
Luego tenemos la psicología. En este mundo no es importante
ni la vieja ni la nueva psicología. Cuando era joven, me
empapé bastante de psicología. Fui a conferencias, leí libros y
reflexioné mucho sobre las teorías psicológicas. Lo que descubrí
es que, tras examinarlo todo, en realidad no ha cambiado nada. 
Las cosas realmente importantes de este mundo no se ven afectadas
ni una pizca por la psicología.
Incluso la ciencia, por importante que sea, no altera las
cosas verdaderamente importantes. Tenemos a los Newton, los
Einstein y el siguiente genio que siga sus pasos. Después de que
hayan dicho todo lo que saben y hayan dado conferencias eruditas
sobre el hallazgo científico más reciente, nada importante
habrá cambiado.
La poesía y las canciones son otras cosas ruidosas que forman
parte del mundo, pero no producen cambios. Me encanta
la poesía, y he leído mucha. Debo confesar que buena parte era
mala poesía, pero de vez en cuando encuentro un poeta bueno.
Cuando descubro a un poeta así, me alegra el día. Pero incluso
después de disfrutar de la poesía de ese gran escritor, descubro
que no ha cambiado nada realmente importante.
Todas estas cosas pasan y nos abandonan, inalterados, bajo
los golpes contundentes de la vida, el sufrimiento y la muerte.
Incluiré la predicación en esta categoría. Sin duda que la
predicación tiene sus propósitos. Es una manera de desarrollar
estructura social, edificar carácter y una comunidad mejor.
Fomenta la masculinidad noble y la feminidad hermosa, e
incluso puede dar pie a pensamientos elevados. Todo esto es
positivo. Muchos predicadores utilizan este tipo de predicación,
y admito que existen beneficios superficiales; pero, una vez se ha
predicado cualquier sermón, no es más que el sonido de una voz
distante que tolera el sinsentido. Nada de esto se toma en serio,
porque no lo es; no cuenta para nada en las crisis.
Piensa en el último sermón que hayas escuchado. ¿Qué
importancia tendrían las lecciones de ese sermón si te vieras
envuelto en un accidente de tráfico, enfrentándote a la posibilidad
de morir? Algunas cosas son cuestiones de vida o muerte;
otras, en realidad, no son tan importantes. 
Asimilando la Palabra de Dios
Esto me lleva a una de esas cosas que realmente importa, la
única que debemos tomarnos en serio. Por supuesto, esa única
cosa es la Biblia. En mis manos tengo un libro, la Biblia, que está
por encima de toda secta, nacionalidad, raza, género y escuela
intelectual. Este libro que tengo en las manos es el único libro
serio que marca una diferencia; todos los demás, en comparación,
no son nada.
Me pregunto qué pensaría una persona que ha vivido toda
su vida en una cueva y por fin sale a la luz del sol y lo ve por
primera vez. ¿Cómo describiría el sol esa persona? ¿Qué pensaría
realmente de él? Desde el día en que nació ha vivido sin la
influencia del sol en su vida, o al menos eso piensa ella.
¿Y qué hay de esas personas que han vivido (o eso piensan
ellas) en una cueva espiritual y nunca han visto la luz del sol que
es la Palabra de Dios? Resulta difícil pensar que alguien pudiera
encajar en esta categoría. Sin embargo, en los Estados Unidos
de América, supuestamente la nación más cristiana del mundo,
todavía quedan personas que nunca han sido expuestas personalmente
a la Palabra de Dios.
¿Qué pasaría si una de estas personas acudiera a la Palabra
de Dios por primera vez? Empezaría a leerla y descubriría que
este libro hace afirmaciones impresionantes.
Primero, este libro al que llamamos “Biblia” está solo. No es
comparable a ningún otro libro y, por consiguiente, no hay ninguna
otra autoridad que proyecte su sombra sobre la Biblia. Mi
autoridad como cristiano descansa únicamente sobre este libro,
no sobre este más algún otro.
Además, la Biblia representa la Palabra con autoridad de
Dios. No hay medias tintas ni matizaciones. Debemos aceptar
la Biblia en sus propios términos, sin hacer excepciones para
alguien que no está de acuerdo con todo lo que aparece en ella.
O todo es Palabra de Dios o nada lo es. Dividirla en porciones
supone comprometer su autoridad.
Ahora bien, a muchos les gusta tomar una porción de las
Escrituras por un lado, otra porción por otro, y una más de otro
lugar, y luego construyen algo que no es realmente lo que enseña
la Biblia. Esto es lo que han hecho todas las sectas. A los herejes
les apasiona hacerlo, e intentan convencer al mundo de que
lo que enseñan es la Biblia auténtica. Pero en el fondo es una
Biblia manipulada y deformada para encajar con los prejuicios o
el programa de otros.
Si estas afirmaciones sobre la Biblia son ciertas, este libro
merece toda nuestra atención, porque nos afecta en la vida, el
sufrimiento, la muerte y el destino.
Sin embargo, hay quien se niega a tomársela en serio.
Veo solo dos explicaciones de por qué la gente no se toma en
serio la Biblia.
Las consecuencias de la ceguera espiritual
Jesús dijo: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel
que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Jn. 12:46). Quiero
insistir en que la ceguera espiritual es autoinfligida. A todos
nosotros se nos ha concedido la oportunidad de escapar de las
tinieblas mediante la fe en Jesucristo. Si preferimos quedarnos
en la oscuridad en lugar de caminar en la luz, tendremos que
aceptar las consecuencias de esta lección, la más grave de las
cuales se manifiesta como la presencia de determinadas tendencias
malignas en la humanidad.
Una consecuencia de la ceguera espiritual es el odio. Algunas
personas están tan llenas de odio, ira y amargura que se
les ve en los ojos. En la vida hay muchos problemas sin resolver
que conducen a este tipo de odio y de amargura. La ceguera del
corazón ha permitido que el odio irradie desde la mirada. No se

trata de un problema psicológico que se pueda arreglar con una 
terapia, sino de un problema espiritual que precisa la luz bendita
del evangelio para provocar una transformación.
Otra consecuencia de la ceguera espiritual es la codicia.
Cuando miramos algunas personas, vemos que irradian codicia.
Solamente piensan en lo que pueden conseguir y en cómo pueden
aprovecharse de una circunstancia o de una persona, en cómo salir
ganando. Las tinieblas espirituales han inundado sus corazones
hasta tal punto que en lo único que piensan es en aprovecharse
de la situación que se presenta. Cuando la ceguera impide ver más
allá de ti mismo y de los intereses, se convierte en algo espantoso.
El orgullo de la vista es otro aspecto de esta tiniebla espiritual.
Las Escrituras la denominan “la vanagloria de la vida”, que
es precisamente lo que es. Me sorprenden las cosas de las que se
enorgullecen las personas hoy día. En la mayoría de los casos
se trata de cosas superficiales, éxitos transitorios u honores que
carecen de importancia. Las personas se enorgullecen de ganar
un partido de baloncesto o de obtener otros éxitos que no cambian
ni mejoran la vida en ningún sentido. Hoy día las personas
se enorgullecen de cosas que habrían avergonzado a las generaciones
anteriores. Las tinieblas espirituales nos impiden reconocer
lo que es importante y lo que no lo es. En esta generación
padecemos la maldición de lo superficial.
La lascivia de la vista es otra gran calamidad de la destrucción
de los nervios ópticos espirituales. Jesús nos advirtió: “Pero
yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla,
ya adulteró con ella en su corazón” (Mt. 5:28).
La lujuria es el objetivo final del deseo carnal y su satisfacción,
y constituye el fundamento de muchos pecados. No se trata
tanto del acto, sino de la intención del corazón. Un ojo lascivo
es la gran característica de esta generación, que se manifiesta
especialmente cuando vamos caminando por la calle de cualquier
ciudad. Miradas lascivas, lujuriosas. Todos los pecados
nacen de la semilla de la lujuria y luego se convierten en actos 
inicuos. “Por qué todo lo que hay en el mundo, los deseos de la
carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene
del Padre, sino del mundo” (1 Jn. 2:16).
Juan nos exhorta a que busquemos al Padre, de modo que
cerremos la puerta al mundo y a todos sus atractivos. La luz del
evangelio es la que nos guía hacia el corazón del Padre y nos distancia
del mundo.
Luego tenemos la incredulidad de la vista. La oscuridad
espiritual da como resultado la maldición de la incredulidad.
La incredulidad nos impide acercarnos al Padre por medio del
Hijo y nos aleja del reino de Dios, empujándonos al reino de
este mundo. No hay nada peor que la incredulidad, porque nos
aparta de lo que Dios ha planeado para nosotros.
En la mirada de algunas personas espiritualmente ciegas
también percibimos la venganza. Alguien les ha hecho algo o les
ha dicho algo y su mirada se llena de deseos de vengarse. Ahora
buscan maneras de devolver el golpe a quien les hizo daño. La
venganza conduce al desánimo y a sentimientos crueles, y no es
el estilo de vida de quienes se han convertido de verdad. “No os
venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la
ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré,
dice el Señor” (Ro. 12:19).
Los fariseos eran un ejemplo de otra de las consecuencias
de la ceguera espiritual: el orgullo espiritual. Consideraban que
todos los demás eran inferiores a ellos. Se había constituido el
estándar de lo que era correcto y bueno, y se consideraban la
máxima expresión de la justicia. Todos los demás estaban equivocados
y debían compararse con los fariseos. Seguramente el
orgullo espiritual ha hecho más daño al reino de Dios que cualquier
otra cosa, pues intenta sustituir la justicia de Dios por la
justicia de los hombres, que no es justicia. Solamente hubo un
justo, que fue el Señor Jesucristo. Los ojos que reflejan el orgullo
espiritual blasfeman de la justicia de Cristo. 
Otra consecuencia de la ceguera espiritual es la rebelión. El
objetivo de esta rebelión es Dios. La gran calamidad de un nervio
óptico espiritualmente entenebrecido es que se rebela contra
Dios y contra su autoridad. Desde el punto de vista lógico,
la rebelión no tiene sentido. De la rebelión no sale nada bueno,
sobre todo en el ámbito espiritual. La rebelión nos aparta de
Dios y nos hace caer en los brazos del enemigo del alma humana.
Esta rebelión empezó cuando Lucifer dijo: “Seré semejante al
Altísimo”. Inyectó en la humanidad este espíritu venenoso de
rebelión por medio de Eva en el huerto. Desde entonces toda la
humanidad ha sido rebelde a Dios.
Lamentablemente, muchos se han aclimatado a las tinieblas
espirituales que llevan dentro. Pero esta ceguera interna acarrea
unas consecuencias terribles. Es la responsable de todo el dolor
y el sufrimiento del mundo moderno. Muchos culpan a Dios del
sufrimiento, pero en realidad lo ha creado nuestra rebelión contra
Dios.
Esta confusión sobre quién es el responsable de nuestro sufrimiento
nace del hecho de que la persona espiritualmente ciega,
lastrada con una conciencia pervertida, no es capaz de ver los
valores morales. Una vez más, este proceso carece de lógica. Esta
ceguera interior no logra apreciar una conciencia pura y unos
valores morales positivos. Lo que las personas espiritualmente
entenebrecidas consideran bueno es contrario a lo que Dios considera
bueno. Llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno, debido
a su ceguera interior. 

Tomado del libro: "El poder de Dios para tu vida"
 (A.W. Tozer)