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Biografía de Charles H. MACKINTOSH

CHARLES HENRY MACKINTOSH nació en octubre de 1820, en Glenmalure Barricks, Condado de Wicklow, Irlanda. Su padre fue capitán del regimiento de los Highlanders, y su madre fue hija de Lady Weldon, cuya familia se había establecido en Irlanda desde hacía mucho tiempo. Cuando tenía 18 años, el joven Mackintosh fue despertado espiritualmente a través de la lectura de cartas que le escribía su devota hermana después de su conversión. Obtuvo la paz con Dios a través de la cuidadosa lectura del artículo de J. N. Darby Las operaciones del Espíritu, aprendiendo de él que «lo que nos da la paz con Dios es la obra de Cristo por nosotros, y no la obra de Cristo en nosotros». Alrededor de 1874, escribió: «No tengo el honor de estar entre los primeros en plantar sus pies en el bendito terreno que ocupan los ‘hermanos’. Dejé la iglesia Anglicana cerca del año 1839, y tomé mi lugar a la mesa del Señor en Dublín, donde el querido hermano Bellett ministraba con gran aceptación. Como joven, por supuesto, me movía recatadamente, y no tenía la menor intención de aparecer en ningún tipo de ministerio público. Puedo afirmar, de hecho, que lo único que alguna vez pudo haberme inducido a levantarme en público, fue el más solemne sentimiento de responsabilidad. Nunca pude entender hasta ahora el excesivo impulso de algunos jóvenes, que parecen estar siempre listos a hacer oír sus voces en la asamblea, incluso en presencia de canas y de vasos dotados de dones. Para mí, este tipo de cosas ha sido siempre muy ofensivo.»

Cuando tenía 24 años (1844), abrió una escuela privada en Westport, y se entregó con entusiasmo a su labor docente. Mas a pesar de su profesión, siempre consideró a Cristo como el centro de su vida, y el servicio para Cristo constituía su principal preocupación. Por el año 1853, C.H.M. resignó su tarea docente por temor a que ella suplantara su servicio para Cristo como interés principal, al cual entonces, con el sostén del Señor, consagró su vida y se dedicó por entero al ministerio de la Palabra, tanto escrito como público.
Cuando Mackintosh fue atacado por haber usado la expresión «humanidad celestial» con respecto al Señor, J.N.D escribió una carta en julio de 1862 en estos términos: «Probablemente C.H.M. se expresó de manera desprevenida en sus expresiones, pero la acusación en cuanto a que él niega la verdadera humanidad de Cristo, es pura injusticia.»
Poco tiempo después se sintió guiado a iniciar un periódico de edificación cristiana, del que continuó siendo redactor y editor por 21 años: en el que aparecieron publicados la mayoría de sus escritos. Con su acostumbrada claridad y energía, declaró sus razones para comenzar este periódico en los siguientes términos del primer número publicado:

   «Al presentar al lector el primer número de nuestro periódico, nos sentimos obligados a dar las razones que nos condujeron a llevar a cabo este servicio, y también los objetivos que, por la gracia de Dios, nos hemos propuesto cumplir:
   No creemos que sea necesario dar explicaciones de por qué hemos agregado una más a las numerosas publicaciones existentes, que tienen por objeto la circulación de la pura verdad.  Las queremos a todas y, si fuese posible, quisiéramos miles más. Nunca serían suficientes los medios que tendríamos para fomentar la verdad y para reprimir el mal.
   1. Porque, en primer lugar, es un hecho lamentable que el enemigo de las almas haya obrado con mayor diligencia en la palabra impresa, que los siervos del Dios viviente. Numerosos como son los libros, los folletos, los tratados y los periódicos en que brillan las palabras de verdad eterna para la instrucción y el consuelo de las almas, sin embargo, las publicaciones de hombres infieles, inmorales y de tendencia irreligiosa exceden en número a aquéllos en una cantidad aterradora. 

   2. Creemos que el arte de la imprenta fue diseñado, por la gracia de la Providencia, como una poderosa herramienta para la difusión del conocimiento de la Biblia; pero no podemos cerrar nuestros ojos ante el alarmante hecho de que el enemigo está haciendo uso diligente de ese mismo arte con el propósito de corromper, en todas las direcciones, las fuentes de pensamiento y de sentimiento. Éste está publicando, de la manera más económica y atractiva, males groseros, errores que destruyen a las almas y perversiones de la verdad. Y podemos decir seguramente que, si el positivo error ha provocado la muerte de sus miles, la perversión de la verdad ha dado muerte a sus diez miles.

   3. Pero estamos plenamente persuadidos de que, a pesar de todos los esfuerzos del enemigo, el Señor está congregando a los suyos; está cumpliendo Su propósito, y apresurando el paso para Su reino eterno. Pero ¿será esto un motivo de flojedad, frialdad e indiferencia  para los siervos de Cristo? Todo lo contrario; la convicción de ello constituye la base de un servicio constante e inconmovible. Trabajamos por cuanto sabemos, por autoridad divina, que “nuestro trabajo no será en vano en el Señor”. Sería triste, por cierto, si lo que nuestro Dios nos ha dado en su gracia como un estímulo que despierta el alma para trabajar, sea usado como argumento para la inactividad, si la seguridad de alcanzar el fin de Dios fuese una razón para descuidar los medios de Dios. Esto sería hacer un lamentable uso de la bondad y la fidelidad de Dios.  

   4. Además, emprendemos este servicio por cuanto nos sentimos obligados a servir y a testificar, en tanto perdure el tiempo para el servicio y el testimonio. El día se acerca rápidamente en el cual ya no seremos llamados a dar tales frutos. Cuando estemos en la presencia del Maestro, nos dedicaremos a admirarle y a adorarle; pero ahora, en el “poquito” (Hebreos 10:37) tiempo que resta, en la noche de Su ausencia, nuestro santo y feliz privilegio es estar “creciendo en la obra del Señor siempre” (1.ª Corintios 15: 58). Somos responsables de hacer que la luz alumbre por todos los medios posibles; de hacer circular la verdad de Dios por todos los medios, ya a través de las palabras de la boca, ya por medio de papel y tinta; ya en público, ya en privado, “a la mañana y a la tarde”; “a tiempo y fuera de tiempo”; debemos “sembrar junto a todas las aguas”. En una palabra, ya sea que consideremos la importancia de la verdad divina, el valor de las almas inmortales o el terrible progreso del error y del mal, somos imperativamente llamados a estar de pie y a actuar, en el nombre del Señor, bajo la guía de su Palabra y por la gracia de su Espíritu.»

Poco se sabe de los detalles de su vida personal. Era un hombre de carácter más blando que J.N. Darby, y siempre vivía en una atmósfera de profunda devoción, manifestando un ferviente amor no sólo por los hermanos, sino también por las almas perdidas. Un espíritu afable y cortés le caracterizaba, lo que hacía que tratara de evitar conflictos y controversias, aunque no dejaba de estar al tanto y de refutar los errores comunes de su época, como puede apreciarse en el siguiente párrafo:

«Podemos preguntar si simplemente profesar la religión del país, tener una fe adquirida por herencia, una mera educación religiosa, puede servir de apoyo al alma en presencia de un audaz escepticismo que razona acerca de todo y que no cree nada. ¡Imposible! Debemos pararnos delante del escéptico, del racionalista y de los que atacan la fe y, con toda la calma y dignidad de una fe divinamente forjada, decir: “Yo sé a quién he creído” (2 Timoteo 1:12). Entonces no nos dejaremos mover por libros tales como «The Phases of Faith», «Essays and Reviews», «Broken Lights», «Ecce Homo» o «Colenso» (The Life and Times of Josiah 2 Chronicles 34-35).»

En cuanto a su ministerio, no tenemos registro de su ministerio oral, pero sus "Notas sobre el Pentateuco" todavía gozan de gran popularidad no sólo en sus varias ediciones en inglés, sino en los tantísimos idiomas a los cuales han sido traducidas y siguen traduciéndose. Se ha dicho que si bien J.N. Darby fue el autor más prolífico de los «hermanos» —habiendo salido de su pluma más de 50 sustanciosos volúmenes—, las obras de C. H. Mackintosh son las que mayor número de veces han salido de la imprenta. Sus escritos han sido de gran influencia en el mundo entero. Miles de cartas de agradecimiento llegaban de todo el mundo por tanta ayuda recibida en la comprensión de las Escrituras a través de su ministerio escrito, y especialmente en la comprensión de los tipos de los cinco libros de Moisés. Del mundo evangélico, Dwight L. Moody y C. H. Spurgeon reconocieron muy especialmente la ayuda recibida por los libros de Mackintosh, los que siempre recomendaban muy especialmente.

Las «Notas sobre el Pentateuco» en inglés, aparecieron publicadas en seis volúmenes, comenzando con el Génesis, de 334 páginas, y concluyendo con dos volúmenes sobre el Deuteronomio de más 800 páginas. El prefacio a cada volumen de las«Notas» fue escrito por su amigo y colaborador Andrew Miller, quien fuera autor, entre otras obras, de «Breves escritos sobre la Historia de la Iglesia», y de quien se dice que fue el que le animó a escribir sus «Notas» y quien financió en su mayor parte su publicación. A. Miller dijo en cuanto a los estudios de C.H.M. sobre el Pentateuco, que «presentan de una forma sorprendentemente completa, clara y frecuente la absoluta ruina del hombre en pecado y el perfecto remedio de Dios en Cristo». Efectivamente, Mackintosh escribía en un estilo notablemente claro, y una vez J. N. Darby dijo de él: «Usted escribe para ser entendido, yo pienso solamente sobre el papel.»
Otra serie muy conocida de C. H. Mackintosh, y que fue también numerosas veces reeditada, son los Miscellaneous Writings (Escritos misceláneos), cuya primera edición apareció en 1898 en seis volúmenes que sobrepasan las 2500 páginas, los cuales consisten en una selección de artículos que escribió para el periódico (hoy en día se publican en un solo volumen de 908 páginas de doble columna). Desde entonces, la demanda por esta colección de escritos no ha cesado y han sido reimpresos una y otra vez hasta hoy.

En los «Miscellaneous Writings» encontramos unos excelentes comentarios de C. H. Mackintosh sobre la evangelización. En el volumen cuatro leemos de su artículo «La gran comisión», sobre Lucas 24:44-49, lo siguiente:

«Nuestro divino Maestro llama a los pecadores a arrepentirse y creer al Evangelio. Algunos nos quieren hacer creer que es un error llamar a personas “muertas en delitos y pecados” a hacer algo. ‘¿Cómo’ —arguyen— ‘pueden aquellos que están muertos, arrepentirse? Ellos son incapaces de cualquier movimiento espiritual: deben recibir primero el poder, antes de arrepentirse y creer.’
¿Qué contestamos a esto?: Simplemente que nuestro Señor sabe más que todos los teólogos del mundo qué es lo que debe ser predicado. Él sabe todo acerca de la condición del hombre: su culpa, su miseria, su muerte espiritual, su falta total de esperanza, su total incapacidad de producir siquiera un solo pensamiento recto, de pronunciar una sola palabra justa, de hacer siquiera un acto de justicia. Sin embargo, Él llama a los hombres a arrepentirse. Y esto nos basta. No debemos ocuparnos en tratar de reconciliar aparentes discrepancias. Nuestro feliz privilegio, y nuestro deber irrenunciable, es creer lo que él dice, y hacer lo que él dispone. He aquí la verdadera sabiduría, la que da como resultado una sólida paz… Nuestro Señor predicó el arrepentimiento, y él mandó a sus apóstoles a predicarlo; y ellos lo hicieron de manera perseverante.»

Puesto que muchos están enseñando lo contrario, u omiten mencionarlo, bueno es ver el énfasis de C.H.M. en la necesidad de un genuino arrepentimiento. En el volumen 3 hay una sección de 86 páginas bajo el título: Artículos sobre el evangelismo, en medio de la cual hace un excelente y extenso comentario sobre Hechos 16:8-31. Para citar unas líneas de tan ricas páginas:

«Sentimos cada vez más la inmensa importancia de un testimonio evangelístico ferviente y celoso por todas partes; y tememos sobremanera cualquier apartamiento o mengua de este sentir. Somos imperativamente llamados a “hacer la obra de evangelista” (1.ª Timoteo 4:5), y a no movernos de esa obra por causa de ningún tipo de argumento o consideración… Observamos con profunda preocupación a algunos que una vez fueron conocidos entre nosotros como fervientes y eminentemente exitosos evangelistas, abandonando ahora casi por completo su obra y convirtiéndose en maestros y conferencistas.
Esto es muy deplorable. Necesitamos realmente evangelistas. Un verdadero evangelista es casi tan raro de hallar como un verdadero pastor. Lamentablemente, ¡cuán raros son ambos! Los dos están íntimamente relacionados… Sabemos perfectamente que existe en algunas partes la fuerte tendencia de echar agua fría sobre la obra de la evangelización; hay una triste falta de simpatía con el predicador del Evangelio, y, como consecuencia necesaria, de una activa colaboración con él en su obra… Hemos hallado invariablemente que aquellos que piensan y hablan ligeramente de la obra del evangelista, son personas de muy poca espiritualidad; y, por otro lado, los santos de Dios más devotos, más sinceros y mejor enseñados, están siempre seguros de tomar profundo interés en esa obra… Pero yo encuentro en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles, que un gran porcentaje de mucha de la bendecida obra evangelística, era llevada a cabo por personas que no fueron especialmente dotadas con un don para la evangelización, sino que tenían un ardiente amor por las almas, y un profundo sentimiento de la preciosura de Cristo y de su salvación.»

Su primer tratado, escrito en 1843, fue sobre «la paz con Dios». Su último artículo, escrito en 1896, pocos meses antes de su partida a la presencia del Señor, se tituló: «La paz de Dios.»
Los últimos cuatro años de su vida residió en Cheltenham. Cuando, debido a la debilidad de su cuerpo, ya no tenía más capacidad para ministrar en público, Mackintosh continuó escribiendo.
El 3 de abril de 1896, apenas siete meses antes de que el Señor se lo llevara, C.H.M. escribió desde Cheltenham:
«Aunque ya no tengo más fuerzas para mantenerme erguido frente a mi escritorio, siento que debo enviarle unas afectuosas líneas para notificarle sobre la recepción de su amable carta del día 21 de este mes. Estoy inválido desde hace un año, confinado a estas dos habitaciones. Sigo pobre y bajo los cuidados del médico, padeciendo bronquitis, fatiga, asfixia y gran debilidad en todo mi cuerpo. Pero todo es divinamente justo. El Señor de toda gracia ha estado conmigo y me ha permitido comprender, de una manera muy notoria, la preciosura y el poder de todo lo que he estado hablando y escribiendo por alrededor de 53 años. ¡Bendito sea su Nombre! Sé que sabrá disculpar este tan pobre fragmento, pues ya no tengo la capacidad de escribir demasiado…»
Durmió en paz en el Señor el 2 de noviembre de 1896.
Cuatro días después, una enorme compañía de hermanos de muchos lugares se reunió para su entierro en el cementerio de Cheltenham. Fue sepultado al lado de su amada esposa.

En memoria de Angel M. Bonatti

Audio: Meditaciones Cristianas su 45° aniversario recuerda a don Angel M. Bonatti con reconocimiento a su labor de todos los años transcurridos hasta su partida el 24 de Febrero de 1989.




Horacio A. Alonso


"Es fundamental que cada creyente aprenda a penetrar en la Biblia, y que aprenda que el ministerio de la Palabra tiene como finalidad que cada uno vea cuál es el lugar de privilegio y de responsabilidad que ocupa en los planes y en la mente de Dios." 

HORACIO A. ALONSO
Libro: La Identificación con Cristo


El secreto espiritual de George Müller

Un testimonio acerca de cómo cultivar una sana y feliz relación con el Señor cada día.

Mientras estaba en Nailsworth, agradó al Señor enseñarme una verdad con independencia de la mediación humana, hasta donde alcanzó a entender cuyo beneficio no he perdido,aunque han pasado más de cuarenta años desde entonces.
La cuestión es la siguiente: Vi con mayor claridad que nunca que la tarea principal y mayor a la que debía atender cada día era mantener mi alma feliz en el Señor. La primera cosa por la que preocuparme no era cuánto podía servir al Señor o cómo podía glorificar al Señor, sino cómo podía mantener mi alma en un estado de felicidad y cómo podía alimentar mi hombre interior. Porque podía pretender mostrar la verdad a los inconversos, ser de ayuda para los creyentes, liberar a los afligidos, buscar otras maneras de comportarme como hijo de Dios en este mundo y, no obstante, si no era feliz en el Señor y no me alimentaba y me fortalecía en mi hombre interior día tras día, no estaría ocupándome de todas esas cosas con un espíritu correcto.
Anteriormente, mi costumbre había sido, al menos durante los diez años previos, entregarme a la oración como algo habitual después de vestirme por las mañanas. Ahora vi que lo más importante que tenía que hacer era entregarme a la lectura de la Palabra de Dios y a la meditación de la misma, para que mi corazón fuera consolado, animado, advertido, reprobado, instruido; y así, al meditar, mi corazón podría ser llevado a experimentar la comunión con el Señor. Por tanto, comencé a meditar leyendo en el Nuevo Testamento desde el principio, temprano por la mañana.
Lo primero que hacía después de pedir con pocas palabras la bendición del Señor sobre su preciosa Palabra, era comenzar a meditar en la Palabra de Dios, buscando en cada versículo extraer alguna bendición no para el ministerio público de la Palabra, ni para predicar sobre lo que había meditado, sino para obtener alimento para mi propia alma. El resultado que he encontrado casi siempre es el siguiente: que después de unos minutos mi alma ha sido llevada a la confesión, a la gratitud, a la intercesión o a la súplica; por lo que, aunque no me había propuesto darme a la oración, sino a la meditación, casi inmediatamente me volvía más o menos a la oración.
Cuando había permanecido durante unos instantes confesando, intercediendo, suplicando, o dando gracias, continuaba con las siguientes palabras, o con otro versículo, volviendo a la oración por mí o por otros, según me guiara la Palabra; pero siempre manteniendo ante mí continuamente ese alimento para mi propia alma como el objeto de mi meditación. El resultado de esto es que siempre hay gran parte de confesión, gratitud, súplica o intercesión mezcladas con mi meditación y que mi hombre interior casi invariablemente es aun sensiblemente alimentado y fortalecido. Así, para la hora del desayuno, con raras excepciones, estoy en un estado de paz, cuando no de alegría, en mi corazón. Así también, el Señor se agrada en comunicarme aquello que, poco después, encuentro para alimentar a otros creyentes, aunque la intención al entregarme a la meditación no fuera buscar algo para el ministerio público de la Palabra, sino obtener provecho para mi propio hombre interior.
La diferencia entre lo que hacía anteriormente y lo que hago ahora es la siguiente: Antes, cuando me levantaba, comenzaba a orar lo más pronto posible, y por lo general invertía todo o caso todo mi tiempo hasta la hora del desayuno en oración. Todas las cosas las comenzaba invariablemente con oración ... Pero ¿cuál era el resultado? A menudo utilizaba un cuarto de hora, o media hora, o hasta una hora de rodillas antes de ser consciente de recibir consuelo, ánimo, humillación de mi alma, etc., y, a menudo, después de haber sufrido mucho porque mi mente volaba de un sitio a otro durante los diez primeros minutos o un cuarto de hora, o incluso media hora, cuando de verdad comenzaba a orar.
Ahora rara vez me pasa esto. Porque mi corazón se alimenta de la verdad y es llevado a experimentar comunión con Dios. Hablo a mi Padre y a mi Amigo (a pesar de ser yo pecador e indigno de ello) acerca de las cosas que ha puesto delante de mí en su preciosa Palabra.
Ahora me sorprende que no viera esto antes. En ningún libro había leído acerca de ello. Ningún predicador me lo sugirió. Ninguna conversación con algún hermano me animó a hacerlo. Y sin embargo ahora, desde que Dios me enseñó esto, para mí lo más claro es que lo primero que el hijo de Dios tiene que hacer mañana tras mañana es obtener alimento para su hombre interior.
Como el hombre exterior no está capacitado para trabajar durante mucho tiempo a no ser que se alimente, e igual que ésta es una de las primeras cosas que hacemos por la mañana, lo mismo debería ocurrir con el hombre interior. Debemos proporcionarle alimento en la medida en que pueda cada uno. Pero ¿cuál es el alimento para el hombre interior? No la oración, sino la Palabra de Dios; y aquí de nuevo no la simple lectura de la Palabra de Dios, de manera que sólo pase de largo por nuestra mente, como el agua corre por la cañería, sino considerando lo que leemos, meditando en ello y aplicándolo a nuestros corazones ...
Insisto en forma especial en esto debido al inmenso provecho espiritual y refrigerio que soy consciente de haber recibido yo mismo, y suplico afectuosa y solemnemente a todos mis compañeros creyentes que tengan esto en cuenta. Por medio de la bendición de Dios, atribuyo a esto la ayuda y fuerza que he recibido de él para pasar con paz por profundas pruebas de diversas formas que nunca antes había experimentado; y después de unos cuarenta años utilizando esta fórmula, puedo recomendarla con mayor conocimiento en el temor de Dios. ¡Qué diferentes son las cosas cuando el alma encuentra refrigerio y felicidad temprano por la mañana, de cuando, sin preparación espiritual, nos adentramos en el servicio, las pruebas y las tentaciones del día!

Tomado de Autobiografía de George Müller.

A. W. Tozer: Un corazón para la adoración

A. W. TOZER:
UN CORAZÓN PARA
LA ADORACIÓN

Durante más de cuarenta y cuatro años, Aiden Wilson Tozer
trabajó con la Alianza Cristiana y Misionera. Su ministerio más
destacado radica en los treinta y un años que pasó con la Southside
Alliance Church de Chicago, a menudo considerada la ciudadela
del fundamentalismo. Sin embargo, su ministerio trascendió
los confines de una denominación, lo cual lo convirtió a él en
vocero para todo el cuerpo de Cristo. Sus libros y sus artículos
se leían con afán, y el público asistía con gran expectación a su
ministerio como orador. Raras veces defraudaba a quienes lo
conocían. Si el oyente buscaba el cristianismo formulario, Tozer
le decepcionaba. Si lo que le interesaba era lo que él llamaba «el
cristianismo para sentirse bien», le decepcionaba todavía más.

Durante su vida, Tozer ganó reputación por muchas cosas:
como crítico del panorama religioso, predicador de renombre,
editor de una destacada revista cristiana y autor de diversos clásicos
devocionales. No obstante, el verdadero meollo de su vida
cotidiana se centraba en la adoración a Dios. No había nada más
que ocupase su mente y su vida. Esa adoración a Dios no era un
añadido a una agenda apretada; se convirtió en la mayor pasión
de su vida. Todo giraba en torno a su adoración personal a Dios.

La adoración como estilo de vida

Tozer pagó un precio por su estilo de vida de adoración. Muchas
personas, incluso en su propia familia, no lo comprendían ni
asimilaban su insistencia en estar a solas. Algunos incluso lo
consideraban un tanto excéntrico; pero lo que otros pensaran de
él no le inquietaba lo más mínimo. Su objetivo primario era la
adoración a Dios. No había nada más importante que eso.
Para apreciar el ministerio de Tozer, usted debe entender
su pasión por la adoración. Si no es así, es probable que malentienda
no solo sus palabras, sino también sus actos. Él estaba
totalmente volcado en esta actividad solemne, a la que se dedicaba
con toda la pasión que tenía. Las ideas de Tozer sobre la
adoración se habían condensado en una certeza que dominaba
su vida y su ministerio. Tal como explicaba Tozer: «La adoración
consiste en sentir en su corazón y expresar de un modo adecuado
una sensación, humilde pero encantadora, de asombro,
admiración y sobrecogimiento, y de amor irrefrenable en presencia
del Misterio más antiguo, esa majestad a la que los filósofos
llaman la Causa Primera, pero a la que nosotros llamamos nuestro
Padre celestial».

Tozer marchaba al son de un tambor distinto, pero no por
ser simplemente un rebelde. Puede que eso tuviera un cierto peso
en su vida, pero el factor principal era su entrega absoluta a Jesucristo.
La familia, los amigos e incluso el ministerio tenían que
ocupar una segunda posición frente a este anhelo que él sentía.
Quizá su ensayo «El santo debe caminar solo» explique hasta
cierto punto su idea de lo que era la verdadera espiritualidad. Su
punto de referencia en la vida era la persona de Jesucristo, y haría
todo lo que estuviera en su mano para verlo con mayor claridad.
Toda su energía espiritual y toda su disciplina iban encaminadas
por esa singular vía. En consecuencia, y en cierta medida, era
una persona de trato difícil, no porque fuera exigente o irascible,
sino sencillamente porque estaba concentrado en Dios.
En ocasiones se sentaba a cenar con su familia, sobre todo
cuando sus hijos ya habían abandonado el hogar, y no pronunciaba
una sola palabra. No es que estuviera enfadado con
alguien; estaba centrado en Dios y no interrumpía esa concentración
ni siquiera para tener comunión con su familia o sus
amigos. Tozer no dedicaba mucho tiempo a pulir sus habilidades
para socializar, lo cual era, posiblemente, una debilidad flagrante
de su carácter. Sin embargo, realizar la obra que él creía
que Dios le había encomendado le exigía pasar mucho tiempo
alejado de otras personas y encerrado a solas con Dios.
Tozer cultivaba diariamente su capacidad de centrarse en el
Señor. Esto apaciguaba su corazón, y de esa calma nacía la adoración
y la alabanza para el Dios trino.

A menudo, durante una prédica, Tozer parecía preocupado.
No dejaba de meditar sobre algún aspecto de Dios. Una vez
afirmó que soñaba con Él; hasta tal punto sus pensamientos se
centraban en la Deidad. Aunque tenía bastantes conocimientos
sobre diversas materias, y poseía opiniones firmes sobre muchas
de ellas, al final de su vida Tozer definió aún más su relación
con Dios y dejó a un lado cualquier otro asunto que no fuera la
adoración.
Tozer compartió generosamente las lecciones que había
aprendido sobre la adoración con todos los que quisieran escucharlo.
Sus prédicas y sus escritos eran las declaraciones diáfanas
de lo que experimentaba en sus encuentros privados con Dios.
Al salir de su burbuja de oración, empapado de la fragancia de 
la Presencia divina, estaba ansioso por informar de todo lo que
había experimentado. 

Un mensaje para las generaciones

Pocos escritores llegan hasta la esencia de un tema con la misma
rapidez que Tozer. Rehuía las cosas triviales, concentrándose en
aquellos ingredientes importantes para el caminar con Dios del
creyente. En este libro, desnuda su alma sobre la adoración, la
máxima obsesión de su vida. Aunque son muchos los que han
escrito sobre este tema, creo que Tozer los supera a todos por
su enorme pasión y su propósito supremo. Después de leer este
libro, usted no solo comprenderá la adoración, sino que también
la experimentará en su propio ser.

A muchas personas les interesa el tema de la adoración, y
la mayoría de los libros sobre este se centra en la tecnología y
el desempeño de esta actividad. Este libro está profundamente
enraizado en la doctrina bíblica y en los escritos históricos que
se enfocan en la Presencia de Dios. Uno de los grandes aspectos
de esta obra es el modo en que Tozer combina las Escrituras con
los pensamientos de algunos de los grandes escritores devocionales
de la historia. Muchos los definen como místicos, y Tozer
es el responsable de haber presentado estos grandes santos a los
protestantes y a los evangélicos. El libro está bien sustentado por
los pensamientos de esos grandes santos del pasado y por sus
escritos inspirados por el Espíritu.

A lo largo de su dilatado ministerio, Tozer jamás se involucró
en cuestiones sociales o políticas. No es que no tuviera una
opinión sobre esos temas, porque sí la tenía. Estaba convencido
de que su responsabilidad estribaba en aferrarse a las grandes
cuestiones esenciales de la vida. Por eso sus escritos son hoy tan
frescos y relevantes como cuando se publicaron por primera
vez. Él creía que algunas cosas no cambian jamás, independientemente
de la generación. Se aferró a esos aspectos fundamentales;
y usted puede respaldar lo que dice Tozer o aborrecerlo.

Mientras otros ministerios se involucraban en temas políticos,
Tozer se contentó con predicar a Dios.
En este libro sobre la adoración, el propósito de Tozer es
doble: manifestar sus pensamientos sobre un tema muy cercano
a su corazón e inspirar a otros para que cultiven un espíritu
adorador en la vida cotidiana. Tozer echa un cimiento sólido, y
cuando una persona haya leído este libro, podrá desarrollar un
estilo de vida de adoración que domine su existencia. Nadie que
lea este libro de principio a fin será igual que antes, sobre todo
en lo relativo a su adoración personal de Dios.
A menudo, cuando estaba con ánimo reflexivo, Tozer confiaba
a un amigo: «Mi ambición es amar a Dios más que cualquier
otro de mi generación». Sin que importe lo que quería decir
con eso, es evidente que sentía una pasión por Dios que controlaba
toda su vida. Existen evidencias que sugieren que alcanzó
este objetivo mucho más de lo que él imaginaba.
El primer libro que escribió que llamó la atención del público
cristiano fue La búsqueda de Dios. El último fue El conocimiento del
Santo. Tozer vivió entre esos dos libros. Vivió una vida de adoración,
y no había nada más que le importase. Sacrificó a su familia,
a sus amigos y su reputación en su búsqueda de Dios.
La crítica que hizo Tozer del entretenimiento dentro de la
Iglesia le granjeó muchos enemigos. En ocasiones, su extrema
consideración de la adoración lo llevaba a criticar sin piedad. La
adoración debía ser pura, y las cosas de este mundo no podían
mancillarla. Desde su punto de vista, adoración y mundo eran
conceptos opuestos.  En especial, se mostraba
inconmovible sobre los métodos evangelísticos modernos que
muchos defendían. Consideraba que rebajaban los estándares
de la Iglesia, y era enemigo acérrimo de ellos.

En ocasiones sus comentarios son duros, motivados por su
profundo amor por la Iglesia y la comunión del pueblo de Dios.
No soportaba la idea de que se rebajase el mensaje o el espíritu
del cristianismo neotestamentario. Creía firmemente que la Iglesia
de Jesucristo tenía un mensaje viable para el mundo, y quería
hacer lo posible para que ese mensaje no se mezclase ni diluyese.
Los tiempos difíciles requieren medidas extremas, y Tozer sentía
que la Iglesia se estaba alejando de esas medidas, adaptándose al
mundo que la rodeaba.
Describió acertadamente su filosofía al afirmar: «Creo que
todo está mal hasta que Dios lo endereza». Ese fue su punto de
partida y, desde él, proclamó la libertad por medio del Señor
Jesucristo.

El legado espiritual de Tozer

El legado de Tozer se encuadra en el área de la majestad de Dios.
Hiciera lo que hiciese, su deseo supremo era exaltar al Señor
Jesucristo con la mayor sencillez posible. Intentó exponer a su
generación la importancia de ciertas virtudes, como la sencillez
y la soledad, y llamar la atención de los jóvenes predicadores
—sobre los que tenía una gran influencia— para apartarlos del
fingimiento, la hipocresía y toda infiltración mundana en la
política de la Iglesia. Tozer recomendaba pasar un tiempo a solas
con la Biblia y con un himnario. Su intimidad con Dios hizo que
su ministerio fuera lo que fue y que aún hoy se recuerde.
Abogaba por una vida de sacrificio,
negación de uno mismo y servicio a Cristo.

Durante su vida, Tozer fue ampliamente reconocido como
vocero de Dios. Su perspicacia en cuestiones espirituales era
penetrante y precisa. Muchos lo leían, pero pocos lo seguían.
Quienes se atrevieron a hacerlo descubrieron, para su deleite,
realidades espirituales que sobrepasaban a todo lo que pudiera
ofrecer este mundo. Una vez experimentadas, es difícil regresar
al hastío religioso del cristiano medio.
Habitualmente, Tozer dirigía su ministerio al cristiano normal.
Los cristianos de a pie, sentados en sus bancos, podían
comprender su mensaje, pero al cristiano medio, que se deleitaba
en la mediocridad, no le gustaban sus declaraciones y su ardor
espiritual. 
Para Tozer la doctrina correcta no era suficiente. Le encantaba
decir: «Usted puede ser teológicamente tan recto como un
cañón de escopeta, pero estar espiritualmente tan vacío como
él». Su énfasis recayó siempre en una relación personal con
Dios; una relación tan real, tan personal y tan irrefrenable que
cautivase por completo la atención de una persona. Anhelaba
lo que él definía como un alma consciente de Dios, un corazón
ardiente para Él.
La falta de espiritualidad entre los hombres y las mujeres
modernos es vergonzosamente flagrante. Tozer atacó una de las
causas primordiales. «Estoy convencido —dijo— de que la escasez
de grandes santos en nuestra época, incluso entre aquellos
que creen de verdad en Cristo, se debe en parte a nuestra falta de
disposición para dedicar tiempo suficiente a cultivar el conocimiento
de Dios». Luego pasó a ampliar esta idea. «Nuestras actividades
religiosas deberían ordenarse de tal modo que dejaran
mucho tiempo para cultivar los frutos de la soledad y el silencio».
Hubo momentos en que nadie compartió la opinión de Tozer
sobre determinados temas, pero eso no le intimidó en absoluto.
Nunca se preocupó por saber quién estaba con él o no; lo que le
interesaba era la verdad. Era valiente en su crítica, lo cual le granjeaba
enemigos con bastante rapidez. Una vez criticó una traducción
de la Biblia muy popular: «Al leer esta nueva traducción,
me embargó la misma sensación que podría tener un hombre si
intentara afeitarse con un plátano».

El énfasis primordial del ministerio de Tozer como predicador
y escritor recayó en este área de la adoración. Para él,
la adoración es la ocupación del cristiano a tiempo completo.
No podemos permitir que nada interfiera o reduzca este deber
sagrado del creyente. Según Tozer, todo aquello que no fluya de
forma natural, o espontáneamente, de nuestra adoración, no es
genuino y a las malas es fingido. A Dios sólo debemos ofrecerle
obras trabajadas de oro y de plata.
Tozer, que prácticamente fue una voz aislada en su generación,
subrayaba la necesidad de una reforma drástica de la adoración,
tanto personalmente como en la congregación, y afirmaba
que nuestras ideas sobre ella debían estar en perfecta armonía
con la Palabra de Dios revelada.Esta era una actitud bastante propia del mismo Tozer.

James Snyder

Tomado del libro: "Diseñados para adorar" A.W Tozer