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Devocional del Día



"Todo lo que hay debajo del cielo es mío."
Job 41:11

Vivimos en días muy difíciles. Por doquier se nota la intranquilidad, los gremios de trabajadores se alteran y acuden a las huelgas. ¿Qué ocurre? Pues que los sueldos no alcanzan; la comida y la ropa están cada día más caras y el pobre debe cercenear su presupuesto por esta causa, y esto afecta a los creyentes porque aún estamos en el mundo. Sin embargo, el creyente permanece tranquilo en medio del caos económico. Él ha aprendido que todo lo que hay debajo del cielo es de su Padre Celestial.

Los hombres se sienten dueños de sus campos y riquezas adquiridos , pero esto no es así. Todo es de Dios. El oro y la plata, el ganado y las cosechas que han de producir dinero, todo pertenece al Dios Creador y Señor de los Ejércitos.

Entonces si es así, vivamos sin temores por el porvenir. Él, que tiene contados los cabellos de nuestra cabeza, sabe que necesitamos el sustento de cada día y la ropa para cubrirnos, y de algún modo Él hará que vengan las cosas necesarias. Un cristiano no tiene ansiedades por estas cosas, sino por otras más importantes , como lo son los intereses del Reino de Dios en la tierra.
Para la vida o para la muerte, para lo presente o lo por venir, nuestro Dios obrará conforme a las riquezas de su gracia en Cristo Jesús. Entonces, ¡fuera con toda ansiedad!

"Feliz cantando alegre
Yo vivo siempre aquí
Si Él cuida de las aves
Cuidará también de mí"


Angel M. Bonatti

Libro: "Espigando"

Devocional del Día




“El Hijo del Hombre vino para servir y para dar.”

¡Ésta es una realidad maravillosa, divina! Jesús vino a este mundo para satisfacer nuestras necesidades, para servirnos en todo lo que requiera su precioso ministerio, y para dar su vida en rescate por muchos; para servirnos al llevar nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero, y al obtener para nosotros, por este sacrificio, una plena y eterna salvación. No vino aquí abajo para adquirir, para tomar, para ser servido ni para ser honrado; vino para que nosotros podamos hacer uso de sus servicios. Por eso, si un alma ejercitada se sintiera acosada por la siguiente pregunta: «¿Qué puedo hacer para el Señor?», la respuesta sería: «Detente y considera, y cree lo que el Señor ha hecho por ti. Debes estar tranquilo y ver la salvación de Dios.» Recuerda esas palabras de divina dulzura evangélica: “Al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5).

Nunca podremos servir a Cristo de forma inteligente y apropiada, si primero no conocemos y creemos cómo Cristo nos ha servido a nosotros. Debemos terminar con nuestras incansables obras para reposar en una obra divinamente cumplida. Entonces, y sólo entonces, podremos comenzar la carrera del servicio cristiano. Es muy necesario que toda alma deseosa de servir, sepa que todo auténtico ministerio cristiano comienza por la posesión de la vida eterna, y que no puede ser cumplido más que por el poder del Espíritu Santo que mora en el creyente, a la luz de las Santas Escrituras y bajo su divina autoridad. Éste es el pensamiento divino acerca de la obra y el servicio cristianos.

Tomemos otra ilustración. Cuando David, en ese notable pasaje del capítulo 7 del segundo libro de Samuel, recordaréis, se sentó en su casa de cedro y contempló a su alrededor todo lo que el Señor había hecho por él, en un sentimiento de gratitud dijo dentro de sí: «Me levantaré ahora y edificaré una casa a Su nombre.» De inmediato, el profeta Natán recibió de parte de Dios un mensaje para corregir a David sobre este punto, diciéndole: «Tú no me edificarás una casa, sino que yo te edificaré una casa a ti.» Debéis invertir el tablero. Dios quiere que os sentéis y contempléis más atentamente sus actos en favor de vosotros. Quiere que consideréis no sólo el pasado y el presente, sino también el porvenir glorioso delante de vosotros; toda vuestra vida alcanzada por su magnífica gracia.

EL MINISTERIO DE CRISTO - C. H. Mackintosh 

Devocional del Día



EL LEMA DE LA VIDA

¡Tu salvación esperé, oh Jehová! (Génesis 49:8.)

 No es fácil decir exactamente en qué sentido usó Jacob estas palabras, en medio de sus profecías con respecto al futuro de sus hijos. Pero, sin duda indican que tanto él como sus hijos esperaban solamente en Dios. Era la salvación de Dios lo que esperaban; una salvación que Dios había prometido y que Dios sólo podía obrar. Jacob sabía que tanto él como sus hijos estaban bajo el cuidado de Dios. Jehová, el Dios eterno, mostraría en ellos su poder. Estas palabras señalan la maravillosa historia de la redención, que no ha concluido todavía, y el glorioso futuro en la eternidad a la cual conduce. Nos sugieren que no hay más salvación que la salvación de Dios, y que el esperar de Dios esta salvación, sea para nuestra experiencia personal, o para círculos más extensos, es nuestro primer deber y nuestra verdadera bienaventuranza. Pensemos en nosotros mismos y en la gloriosa salvación que Dios ha obrado por nosotros en Cristo, y que ahora quiere perfeccionar en nosotros por medio del Espíritu Santo. Meditemos hasta que comprendamos que cada participación en su gran salvación, momento tras momento, debe ser la obra de Dios mismo. Dios no puede separarse de su gracia, bondad, fuerza, como algo externo que nos entrega, como si se tratara de las gotas de lluvia que envía del cielo. No, El sólo puede dárnosla, y nosotros podemos disfrutar de ella obrándola directamente en nosotros y de modo incesante. Y la única razón por la que no la realiza más efectiva y continuamente es porque no le dejamos. Se lo impedimos, sea por nuestra indiferencia o por nuestro esfuerzo propio, de manera que El no puede hacer lo que desea. Lo que nos pide, nuestra entrega, obediencia, deseo y confianza, todo ello está comprendido en esta palabra: esperar en El, esperar nuestra salvación de Él. Aquí se combina un sentimiento profundo de la total invalidez nuestra para hacer lo que es bueno a los ojos de Dios, y nuestra perfecta confianza en que Dios lo hará con su divino poder.
Vuelvo a decir que meditemos en la divina gloria de la salvación que Dios quiere obrar en nosotros, hasta que conozcamos las verdades que implica. Nuestro corazón es la escena de una operación divina más maravillosa que la Creación. No podemos hacer más para realizar esta obra de lo que podemos hacer para crear un mundo, excepto en cuanto Dios obra en nosotros el querer y el hacer. Dios sólo nos pide que cedamos, nos rindamos, esperemos en El, para que El lo haga todo. Meditemos y estemos quietos, hasta ver cuán a propósito y recto y bendito es que Dios solo lo haga todo, y que nuestra alma quiera postrarse en humildad y decir: «He esperado tu salvación, oh Jehová.»

Y el fondo de todas nuestras oraciones y obra será: «Verdaderamente mi alma espera en Dios.» La aplicación de esta verdad a círculos más amplios, a aquellos por los cuales trabajamos y por los cuales intercedemos, a la Iglesia de Cristo que nos rodea, o incluso al mundo en general, no es difícil. No puede haber nada bueno excepto lo que Dios obra; el esperar en Dios, el tener el corazón lleno de fe en su obra, y en esta fe orar para que venga su gran poder, es nuestra única sabiduría. ¡Oh, que se nos abran los ojos del corazón para ver a Dios obrando en nosotros y en otros, y para ver cuán bendito es adorar y esperar su salvación! Nuestra oración privada y pública es la expresión principal de nuestra relación con Dios. Es en ellas que debe ejercitarse nuestro esperar en Dios. Si nuestro esperar empieza acallando las actividades naturales, y quedándonos en silencio ante Dios; si es el inclinarse y procurar ver a Dios en su operación universal y todopoderosa, sólo El capaz de disponer y hacer todo lo bueno; si se rinde a Él, en la seguridad de que El está obrando en nosotros; si se queda en el lugar de humildad y quietud y se rinde hasta que el Espíritu de Dios ha avivado la fe de que El perfeccionará su obra: entonces, verdaderamente pasará a ser la fuerza y el gozo del alma. La vida será una exclamación de gozo profundo: «Tu salvación esperé, oh Jehová.» ¡Alma mía espera sólo en Dios!

Del libro: "Esperando en Dios" Andrew Murray

Devocional del Día



HUMILDAD: LA GLÓRIA DE LA CRIATURA

Y depositaron sus coronas delante del trono, proclamando: Tú eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, la honra y el poder, porque todas las cosas Tú las creaste, sí, a causa de tu gana vinieron a existir y fueron creadas" (Apocalipsis 4.10c, 11).

Cuando Dios creó el universo, Él lo hizo con el único objetivo de hacer la criatura participante de Su perfección y bienaventuranza y, así, mostrar en ella la gloria de su amor, sabiduría y poder. Dios deseaba revelarse a Sí dentro y por medio de los seres creados, comunicándoles tanto de Su propia bondad y gloria cuanto ellos fueran capaces de recibir. Pero esa comunicación no significaba dar a la criatura algo que ella pudiera poseer en sí misma, una vida o bondad de las cuáles tuviera la responsabilidad y la disposición. De forma alguna! Pero como Dios es eterno, omnipresente y omnipotente, y sostiene todas las cosas por la palabra de su poder, y en quién todas las cosas existen, la relación de la criatura con Dios solamente podría ser una relación de interrumpida, absoluta y universal dependencia.
Tan correcto como Dios, por su poder, creó una vez, así también, por el mismo poder, Dios nos sostiene cada momento. La criatura no tiene solamente su mirada hacia atrás, para el origen y para los inicios de la existencia, y reconocer que todas las cosas vienen de Dios; su principal cuidado, su virtud más elevada, su única felicidad, ahora y por toda la eternidad, es verse a sí misma como un florero vacío, en lo cual Dios pueda habitar y manifestar Su poder y bondad. La vida que Dios entregó es concedida no de un golpe, pero cada momento, continuamente, por la operación incesante de Su grandioso poder. La humildad, el lugar de la dependencia de Dios, es, por la propia naturaleza de las cosas, la primera obligación y la virtud más elevada de la criatura, y la raíz de toda virtud.

El orgullo, o la pérdida de esa humildad, entonces, es la raíz de todo pecado y mal. Fue cuando los ángeles ahora caídos comenzaron a mirar para sí mismos con autocomplacencia que fueron llevados a la desobediencia, y fueron expulsados de la luz del cielo hacia las tinieblas. Y también fue cuando la serpiente exhaló el veneno de su orgullo, el antojo de ser como Dios. En el corazón de nuestros primeros padres, que ellos también se cayeron de su posición elevada para toda la desgracia en la cual el hombre está, ahora, hundido. En el cielo y en la tierra, orgullo — auto-exaltación — es la puerta, el nacimiento y la maldición del infierno. Por eso, nuestra redención tiene que ser restaurada de la humildad perdida, la relación original y la verdadera relación de la criatura con su Dios. Y, por lo tanto, Jesús vino a traer la humildad de vuelta a la tierra, hacernos participantes de esa humildad y, por ella, salvarnos. En los cielos, Él se humilló para hacerse hombre. Nosotros vemos la humildad En él a dominarse a Sí aún en los cielos; Él la trajo, de allá a la tierra, "Así se humilló, haciéndose obediente hasta a la muerte". Su humildad dio a su muerte el valor que ella hoy tiene y, entonces, se hizo nuestra redención. Y ahora la salvación que Él concede es, nada más, nada menos que una comunicación de Su propia vida y muerte, Su propia disposición y espíritu, Su propia humildad, como el suelo y la raíz de Su relación con Dios y Su obra redentora. Jesucristo tomó el lugar y cumplió el destino del hombre, como una criatura, por Su vida de perfecta humildad. Su humildad es nuestra salvación. Su salvación es nuestra humildad. Así, la vida de los salvos, de los santos, tiene necesariamente de exhibir el sello de liberación del pecado y llena de restauración de su estado original; toda su relación con Dios y con el hombre tiene que ser marcado por una humildad que permee todo. Sin eso, no se puede permanecer verdaderamente en la presencia de Dios o experimentar de su favor y el poder de su Espíritu; sin eso no hay fe, o amor, o regocijo o fuerza permanentes. La humildad es el único suelo en lo cual la gracia se enraíza; la falta de humildad es la suficiente explicación de todo defecto y fracaso. La humildad no es sólo una gracia o virtud como otras; ella es la raíz de todas, pues solamente ella toma la actitud correcta delante de Dios, y permite que Él haga todo. Dios nos hizo seres de tal modo racionales, mientras más discernamos la naturaleza real o la necesidad absoluta de una orden, tanto más lista y llena será nuestra obediencia a ella.
El llamado a la humildad ha sido muy poco considerado en la Iglesia porque su verdadera naturaleza e importancia ha sido muy poco comprendida. Humildad no es algo que presentamos a Dios o que Él concede; es simplemente el sentido del completo de ser nada que viene cuando vemos como Dios verdaderamente es todo, y en lo cual damos camino a Dios para ser todo. Cuando la criatura percibe que esta es la verdadera nobleza, y consiente ser, su mente y sus afectos — la forma, el florero en lo cual la vida y la gloria de Dios están para trabajar y manifestar a sí mismas, ella ve que humildad es simplemente conocer la verdad de su posición como criatura y permitir Dios tener Su lugar.

En la vida de los cristianos serios, aquellos que recogen y profesan la santidad, la humildad tiene que ser la marca principal de su vida. Es frecuentemente dicho que eso no es así. No podría ser una razón para eso el hecho de que, en la enseñanza y ejemplo de la Iglesia, la humildad nunca tuvo el lugar de suprema importancia que le pertenece? Y que eso, por su parte, es debido a la negligencia de esta verdad: fuerte como es el pecado como un motivo para humildad, hay una influencia más amplia y más poderosa, la cual hace los ángeles, la cual hizo Jesus, la
cual hace el más santo de los santos en los cielos tan humildes: que la primera y principal marca de la relación de la criatura, de su bienaventuranza, es la humildad y el nada-ser que permiten que Dios sea todo? Tengo La certeza de que hay muchos cristianos que confesarán que su experiencia ha sido muy parecida con la mía en esto: que por mucho tiempo conocemos el Señor sin percibir que la mansedumbre y la humildad de corazón deben ser los aspectos distintivos del discípulo así como fueron del Maestro. Y, además de eso, que esa humildad no es algo que vendrá por sí misma, pero debe ser hecha el objeto de especial antojo, y oración, y fe y práctica. Al estudiar la Palabra, veremos cuáles instrucciones distinguidas y repetidas Jesús dio A Sus discípulos en ese punto, y como ellos eran lentos en comprenderlo. Vamos, inmediatamente en el inicio de nuestra meditación, admitir que no hay nada tan natural para el hombre, nada tan insidioso y oculto, nada tan difícil y peligroso como el orgullo.

Vamos a sentir que nada, a no ser una espera detenerminada y perseverante en Dios y Cristo revelará como estamos carentes de la gracia de la humildad, y cuan débiles somos para obtener lo que recogemos. Vamos estudiar el carácter de Cristo hasta que nuestra alma sea llena de amor y admiración por Su humildad. Y vamos a creer que, cuando tenemos la percepción de nuestro orgullo y de nuestra impotencia para expulsarlo, el propio Jesucristo vendrá para dar esa gracia también como parte de Su maravillosa vida dentro de nosotros.

Del libro: "La Humildad la belleza de la Santidad" Andrew Murray

Devocional del Día



"Corona de honra es la vejez que se halla en el camino de la justicia."
Proverbios 16:31

Cierta vez me dijo un anciano, que la vejez era una desgracia por causa de sus achaques y dolencias.
Él llevaba una vida sombría y fastidiosa, que revelaba que ciertamente no andaba en el camino de la justicia. El mundo está lleno de estos ancianos, cuyas vidas no hallaron el contentamiento de los días vividos y que al presentir los días del fin, se hallan sin paz ni esperanza.

Sin embargo, no es así con los ancianos que son de Cristo. Para éstos la vejez es una corona de honra. En primer lugar la honra que han recibido del Señor cuando fueron salvos y santificados. Luego la honra de haberle servido por poco o muchos años; la honra de haber llevado a otros a los pies de Cristo y la de haber dado al mundo un testimonio fiel y fructífero.

Todo esto proporciona una vejez feliz y aún fructífera, pues los ancianos son de mucha utilidad en la obra del Señor; sus consejos y experiencias son de mucho valor para la juventud. ¡Qué alentador es ver a un anciano gozoso en su Señor! La corona de la honra es el premio y el anticipo de otras más que el creyente ha de recibir. Así será, porque han andado en el camino de la justicia. Si deseamos una vejez tranquila y con honra, procuremos hallarnos siempre en ese camino y no salgamos de él por nada del mundo, pues aquí en esta vida hay la promesa de la bendición para nuestros nietos y biznietos, si así Dios lo quiere. Se ha de cumplir aquello de que habla el apóstol: "Aunque este viejo hombre se va desgastando, empero el hombre interior se renueva cada día."

Que aquellos en cuyas cabezas está la nieve de los años, vivan un día alegre y en la fuerza de Cristo. y que se acuerden de esta palabra: "Y hasta la vejez, y hasta las canas o soportaré yo, yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré."

Del libro: "Espigando" Angel M. Bonatti

ESPIGANDO- ANGEL M. BONATI 1967


"Jehová has oído mi ruego."
Salmo 6:9

Todos deseamos que nuestras oraciones sean contestadas,
y que lo sean de acuerdo a nuestras peticiones.
Pero nuestro gozo debiera estribar en que Dios ha oído nuestras oraciones;
lo demás debemos dejarlo en sus manos.
Dios ha oído, ¿no es esto realmente maravilloso?
La técnica electrónica ha conseguido que la voz del hombre
se escuche a miles de kilómetros de distancia.
Hallándome en la ciudad de Río Cuarto, en la provincia de Córdoba,
una noche escuché nítidamente un mensaje de la Palabra de Dios desde Nueva York.

La Biblia nos habla de un tercer cielo; tal vez haya el cielo de la atmósfera,
el cielo de los astros, y el cielo de los cielos, donde mora Jesús,
sentado a la diestra de Dios en la majestad de esas alturas.
La distancia de ese cielo escapa a los cálculos humanos,
sin embargo allí, en su Santo Templo, el Dios Todopoderoso 
tiene su oído atento a la oración y ruego de sus redimidos, aquí en la tierra.

No dudemos nunca, sino digamos: "El que hizo el oído, ¿no oirá?
Sí, Dios oye, y aunque sea longánime a nuestros ruegos,
estemos seguros de que él obrará a su tiempo
y que ninguna oración elevada en el Nombre de Cristo
aún la del más pequeño de sus hijos, será desatendida.

Hagamos hoy algún ruego especial; 
pidamos por algún ser querido, por un amigo o por un descarriado,
y tengamos la seguridad de que el oído del Dios de amor
será receptivo, aunque nuestros ruegos sean balbuceados.


ESPIGANDO- ANGEL M. BONATI 1967

Un servicio de apasionada devoción



"¿Me amas?... Pastorea mis ovejas" Juan 21:16

Jesús no dijo: "Procura que la gente se convierta a tu manera de pensar", sino "pastorea mis ovejas", es decir, "vela porque sean alimentadas en el conocimiento de mí". Nosotros calificamos como servicio lo que hacemos en la obra cristiana. Sin embargo, Jesucristo llama servicio lo que somos para Él y no lo que hacemos por Él. El discipulado se basa únicamente en la consagración a Jesucristo, no en la adhesión a una creencia o doctrina. "Si alguno viene a mí y no aborrece... no puede ser mi discípulo", Lucas 14:26. En este versículo no hay ninguna discusión ni presión de parte de Jesús para seguirlo. Sencillamente dice: "Si quieres ser mí discípulo, debes consagrarte únicamente a mí". Una persona tocada por el Espíritu de Dios de repente dice: "¡Ahora veo quién es Jesús!" Ese es el origen de la devoción. Actualmente hemos sustituido la creencia doctrinal por la personal y esta es la razón por la que tantos están consagrados a diferentes causas y muy pocos a Jesucristo. La gente no quiere consagrarse a Jesús, sino tan sólo a la causa que Él fundó. Jesucristo resulta ser profundamente ofensivo para las mentes educadas de hoy en día, para quienes solamente desean que Él sea su amigo y no están dispuestos a aceptarlo de otra forma. Por encima de todo nuestro Señor obedeció la voluntad de su Padre y no la tarea de suplir las necesidades de la gente. La salvación de las personas fue el resultado natural de su obediencia al Padre. Si sólo estoy consagrado a la causa de la humanidad, pronto me cansaré y llegaré al punto donde mi amor vacilará y tropezará. Pero si amo a Jesucristo de una forma personal y apasionada, serviré a la humanidad aunque los hombres me traten como un tapete donde se limpian los zapatos. El secreto en la vida de un discípulo es su devoción a Jesucristo; y la característica de esa vida es que no se hace notar. Es semejante a un grano de trigo que cae en la tierra y muere, pero luego nacerá y cambiará todo el paisaje (Juan 12:24).

Del libro: "En pos de lo Supremo" Oswald Chambers

La Vid Verdadera


LA VID
Yo soy la vid verdadera. Juan 15:1

Todas las cosas terrenas son sombras de las realida­des celestiales; la expresión, en formas creadas y visibles, de la invisible gloria de Dios. La Vida y la Verdad están en el Cielo; en la Tierra tenemos figu­ras y sombras de las verdades celestiales. Cuando Jesús dice: «Yo soy la Vid verdadera», nos dice que todas las vidas de la Tierra son figuras y emblemas de El mismo. El es la divina realidad, de la cual las vides son una expresión creada. Todas ellas indican a Jesús, predican a Jesús, revelan a Jesús. Si quie­res conocer- nuestra relación con Jesús, estudia lo que ocurre en la vid.
¡Cuántos somos los que hemos admirado una gran parra o una cepa llena de hermoso fruto! Ven y contemplemos la vid celestial hasta que tus ojos se aparten de todo lo demás para admirarle a EL ¡Cuán­tos en un clima soleado se han sentado y descansado bajo la sombra de una parra! Ven y estate quieto bajo la sombra de la verdadera Vid, y descansa bajo sus ramas del calor del día. ¡Cuántos se han gozado del fruto de la vid! Ven, toma y come el fruto ce­lestial de la verdadera vid, y deja que tu alma diga: «Me senté bajo su sombra con deleite, y su fruto fue dulce a mi paladar.»
Yo soy la vid verdadera. — Esto es un misterio celestial. La vid terrena puede enseñarnos mucho acerca de esta Vid de los Cielos. Hay muchos pun­tos de comparaciones hermosas e interesantes, que nos ayudan a obtener conceptos claros de lo que quería decir Cristo. Pero estos pensamientos no nos ense­ñan a conocer lo que es la Vid celestial realmente, su sombra fresca, su fruto sabroso. La experiencia de esta parte del misterio oculto puede ser comuni­cada e impartida sólo por Jesús mismo, por medio de su Santo Espíritu.
Yo soy la vid verdadera. — La vid es el Señor vivo, que habla El mismo, y da y obra todo lo que tiene para nosotros. Si quieres conocer el significado y poder de esta palabra, no creas que lo vas a en­contrar pensando o estudiando; esto puede ayudarte a ver lo que debes obtener de El para despertar el deseo, esperanza y oración, pero no te pueden mos­trar la Vid. Jesús sólo puede revelarse a sí mismo. El da su Santo Espíritu y abre los ojos para contem­plarle, abre el corazón para recibirle. El mismo debe pronunciar las palabras para ti y para mí.
Yo soy la vid verdadera. — Y ¿qué es lo que debo hacer si quiero que este misterio, con toda su belleza y bendición celestiales, se abra para mí? Con lo que ya sabes de la parábola, inclínate y permanece quie­to, adora y espera hasta que la divina Palabra entre en tu corazón y sientas su presencia contigo y en ti.
La sombra de su santo amor te dará la perfecta calma y sosiego de saber lo que la Vid hará por ti. Yo soy la vid verdadera. — El que habla es Dios, en su infinito poder capaz de entrar en ti. Es, tam­bién, un hombre, uno con nosotros. Es el Crucifica­do, el que nos ganó una justicia perfecta y una vida divina por medio de su muerte. El es el glorificado, que desde el trono nos envía su Santo Espíritu para hacer su presencia real y verdadera. El habla; escu­cha, no sólo sus palabras, sino a El mismo cuando te susurra secretamente cada día: »¡Yo soy la Vid verdadera! Todo lo que la Vid puede ser para la rama, El quiere serlo para ti.»

*   *   *

Santo Jesús, Vid celestial plantada por Dios mismo, te ruego que te reveles en mi alma. Que tu Santo Espíritu me dé a conocer todo lo que Tú, el Hijo de Dios, eres para mí como vid verdadera, no sólo en el intelecto, sino en la experiencia.

Tomado del libro: "La Vid verdadera" Andrew Murray

EL DIOS DE NUESTRA SALVACIÓN


Solamente en Dios descansa mi alma; de El viene mi salvación. (Salmo 62:1) 

Si la salvación viene verdaderamente de Dios, y es enteramente obra suya, como fue nuestra creación, resulta, de modo natural, que nuestro principal deber es esperar en El para que haga la obra como a Él le agrade. El esperar pasa a ser el único camino para llegar a la experiencia de la plena salvación, el único camino, en realidad, de conocer a Dios como el Dios de nuestra salvación. Todas las dificultades que se pueden esperar, impidiéndonos la plena salvación, tienen su origen en esto: el conocimiento y la práctica deficientes de esperar en Dios. Todo lo que la Iglesia y sus miembros necesitan para la manifestación del gran poder de Dios en el mundo es regresar a nuestro lugar debido, el lugar que nos corresponde, lo mismo en la creación que en la redención, el lugar de una dependencia absoluta e incesante en Dios. Esforcémonos por ver cuáles son los elementos que hacen esta espera en Dios bendita y necesaria. Puede sernos de ayuda para descubrir las razones por las que la gracia es tan poco cultivada, y sentir lo infinitamente deseable que es que la Iglesia, y nosotros mismos, descubramos este bendito secreto a cualquier precio. La necesidad profunda de este esperar en Dios se halla igualmente en la naturaleza del hombre y la naturaleza de Dios. Dios, como Creador, formó al hombre, para que fuera un vaso en el cual El pudiera manifestar su poder y su bondad. El hombre no había de tener en sí la fuente de su vida, su fuerza, su felicidad. El Dios eterno y viviente había de ser en todo momento el que le comunicara todo lo que necesitaba. La gloria y la bienaventuranza de Dios no habían de ser su in-dependencia, o sea, el depender de sí mismo, sino el depender de Dios en sus infinitas riquezas y amor. El hombre había de tener el gozo de recibirlo todo, en todo momento de la plenitud de Dios. Este era el estado de bienaventuranza de la criatura, antes de la caída. Cuando tuvo lugar la caída, pasó a ser aún más dependiente de Él, de forma absoluta. No podía haber la más pequeña esperanza de recuperación de su estado de muerte sino en Dios, en su poder y en su misericordia. Es sólo Dios que empezó la obra de la redención. Es sólo Dios que la continuó y la lleva a cabo, en todo momento en cada creyente individual. Incluso en el hombre regenerado no hay poder de bondad en él. No puede ni tiene nada que no lo haya recibido; y el esperar en Dios le es igualmente indispensable, y debe ser tan continuo e incesante, como el respirar que mantiene su vida natural.
Es, pues, porque los creyentes no conocen bien su relación de absoluta pobreza e invalidez, con respecto a Dios, que no tienen sentido de su dependencia absoluta e incesante, y de la bienaventuranza inefable de esperar en Dios de modo continuo. Pero, una vez un creyente ha empezado verlo, y consiente en ello, por medio del Espíritu Santo recibe en todo momento lo que Dios obra el esperar en Dios pasa a ser su esperanza y si gozo. Al captar cómo Dios, en cuanto Dios y amo infinito, se deleita en impartirle su propia naturaleza a su hijo, tan plenamente como este hijo puede aceptarlo, cómo Dios no se cansa en ningún momento de cuidar de su vida y fortalecerle el creyente se maravilla de que hubiera pensado con respecto a Dios de modo distinto al de un Dios en quien esperar constantemente. Dios dan do y obrando sin cesar; el hijo incesantemente esperando y recibiendo; ésta es la vida bienaventurada. «Solamente en Dios descansa mi alma; de E viene mi salvación.» Primero esperamos en Dio: para recibir la salvación. Luego sabemos que h salvación es sólo para llevarnos a Dios y enseñar nos a esperar en El. Luego encontramos que hace algo mejor todavía, que el esperar en Dios es en sí mismo la mayor salvación. Es darle a Él la gloria de serlo Todo; es experimentar que El es e todo en nosotros. ¡Que Dios nos enseñe la bienaventuranza de esperar en El! ¡Alma mía espera sólo en Él.

Del libro: ESPERANDO EN DIOS Andrew Murray

Devocional Bíblico


Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo
haré.
Juan 14:14

¡Qué gran promesa! «¡Algo!» Todas mis necesidades,
grandes y pequeñas, están incluidas en la palabra «algo».
Ven, alma mía, con libertad delante del propiciatorio y escucha
a tu Señor!
¡Qué promesa tan sabia! Siempre debemos
pedir en el nombre de Jesús. Esto que nos anima a nosotros, le
honra a Él; es una recomendación continua. A veces hay circunstancias
en que nos parece negado todo auxilio, aun aquél
que se apoya sobre nuestras relaciones con Dios, o sobre la experiencia
que hemos hecho de su gracia; pero, en tales ocasiones,
el nombre de Jesús es tan poderoso delante del trono de
Dios, que podemos invocarlo con la seguridad de ser socorridos.
¡Qué promesa tan rica de enseñanzas! Nada
debo pedir si antes Cristo no pone sobre ello su mano y su sello.
Nunca osaría servirme de su nombre para una petición egoísta
u obstinada; sólo puedo poner el nombre de mi Señor en las
oraciones que Él utilizaría si se hallara en mi caso. Gran privilegio
es estar autorizado a pedir en nombre de Jesús como si Él
mismo pidiese; pero nuestro amor hacia Él nunca nos permitirá
poner su nombre donde Él no lo ha puesto.
¿Pido lo que Jesús aprobaría? ¿Me atrevo a
poner su sello en mi oración? Entonces ya tengo todo aquello
que busco del Padre.

Del libro: "Libros de Cheques del banco de la Fe" (Charles Spurgeon)

El discernimiento de la fe



"Si tenéis fe como un grano de mostaza... nada os será imposible"
 Mateo 17:20
Tenemos la idea de que Dios nos recompensa por nuestra fe y así puede ser en su etapa inicial, pero no nos ganamos nada por medio de ella. La fe nos pone en la relación correcta con Dios y le da la oportunidad de obrar. Sin embargo, con frecuencia Dios tiene que derrumbar tu experiencia como uno de sus santos, a fin de conseguir que entres en contacto directo con Él. El Señor desea que entiendas que es una vida de fe, no una vida de gozo debido a sus bendiciones. El comienzo de tu vida de fe fue estrecho e intenso, centrado alrededor de una pequeña experiencia que tenía tanta emoción como fe, llena de luz y dulzura. Luego Dios retiró sus bendiciones conscientes para enseñarte a caminar por fe. Ahora eres de mucho más valor para Él, que en tus días de deleite consciente y de emocionante testimonio.
Por su propia naturaleza, la fe debe ser probada; y la verdadera prueba de la fe consiste no en que hallemos difícil confiar en Dios, sino que el carácter del Señor tiene que probarse como digno de confianza en nuestra mente. Cuando la fe se está desarrollando hacia la vida real, pasa por períodos de aislamiento ininterrumpido. Nunca confundas la prueba de la fe con la disciplina común de la vida, porque mucho de lo que llamamos la prueba de la fe es el resultado inevitable de estar vivos. La fe bíblica es la fe en Dios que se opone a todo aquello que lo contradice; una fe que declara: "Permaneceré fiel al carácter de Dios sin importar lo que Él haga". La más alta y más grande expresión de fe en toda la Biblia es: "Aunque él me mate, en él esperaré", Job 13:15.

Tomado del libro devocional: "En pos de lo Supremo" Oswald Chambers

Devocional- ¿Saldrás sin saber a dónde? (Hebreos 11:8)


"...Y salió sin saber a dónde iba", 
Hebreos 11:8.

¿Has "salido" alguna vez de esta manera? Si así es, no existe ninguna respuesta lógica cuando alguien te
interroga acerca de lo que estás haciendo. Una de las preguntas más difíciles de responder en el trabajo
cristiano es: "¿Qué es lo que esperas hacer?" No sabes lo que vas a hacer. Lo único que sabes es que Dios
sabe lo que Él está haciendo. Examina continuamente tu actitud hacia Dios y verifica si estás dispuesto a
"salir" en cada área de tu vida, confiando plenamente en Él. Esa actitud siempre te mantendrá a la
expectativa, porque no sabes lo que Él va a hacer después. Al levantarte cada mañana tienes una nueva
oportunidad para "salir" edificando tu confianza en Dios. "No os angustiéis por vuestra vida... ni por el
cuerpo", Lucas 12:22. En otras palabras, no te preocupes por las cosas que te preocupaban antes de
“salir”.
¿Le has estado preguntando a Dios lo que va a hacer? Nunca te lo dirá. Él no te cuenta lo que va a hacer;
te revela quién es Él. ¿Crees en un Dios que hace milagros y vas a "salir" rendido completamente a Él,
hasta que nada de lo que haga te sorprenda en lo más mínimo?
Cree que Dios siempre es el Dios que tú has conocido cuando estás muy cerca de Él, y luego piensa en lo
innecesario e irrespetuoso que es la preocupación. Permite que la actitud de tu vida sea de continua
disposición a 'salir" confiando en Dios y tu vida tendrá un carisma sagrado e inexpresable muy
satisfactorio para Jesús. Tienes que aprender a "salir" a través de tus convicciones, creencias o
experiencias, hasta que alcances el punto en tu fe donde nada se interponga entre tú y Dios.

Tomado del libro Devocional: "En pos de los supremo" 
(OSWALD CHAMBERS)

El Dios de nuestra salvación






 "EL DIOS DE NUESTRA SALVACIÓN" (Andrew Murray)


Solamente en Dios descansa mi alma; de El viene mi salvación.
 (Salmo 62:1)

Si la salvación viene verdaderamente de Dios, y es enteramente obra suya, como fue nuestra creación, resulta, de modo natural, que nuestro principal deber es esperar en El para que haga la obra como a Él le agrade. El esperar pasa a ser el único camino para llegar a la experiencia de la plena salvación, el único camino, en realidad, de conocer a Dios como el Dios de nuestra salvación. Todas las dificultades que se pueden esperar, impidiéndonos la plena salvación, tienen su origen en esto: el conocimiento y la práctica deficientes de esperar en Dios. Todo lo que la Iglesia y sus miembros necesitan para la manifestación del gran poder de Dios en el mundo es regresar a nuestro lugar debido, el lugar que nos corresponde, lo mismo en la creación que en la redención, el lugar de una dependencia absoluta e incesante en Dios. Esforcémonos por ver cuáles son los elementos que hacen esta espera en Dios bendita y necesaria. Puede sernos de ayuda para descubrir las razones por las que la gracia es tan poco cultivada, y sentir lo infinitamente deseable que es que la Iglesia, y nosotros mismos, descubramos este bendito secreto a cualquier precio. La necesidad profunda de este esperar en Dios se halla igualmente en la naturaleza del hombre y la naturaleza de Dios. Dios, como Creador, formó al hombre, para que fuera un vaso en el cual El pudiera manifestar su poder y su bondad. El hombre no había de tener en sí la fuente de su vida, su fuerza, su felicidad. El Dios eterno y viviente había de ser en todo momento el que le comunicara todo lo que necesitaba. La gloria y la bienaventuranza de Dios no habían de ser su in-dependencia, o sea, el depender de sí mismo, sino el depender de Dios en sus infinitas riquezas y amor. El hombre había de tener el gozo de recibirlo todo, en todo momento de la plenitud de Dios. Este era el estado de bienaventuranza de la criatura, antes de la caída. Cuando tuvo lugar la caída, pasó a ser aún más dependiente de Él, de forma absoluta. No podía haber la más pequeña esperanza de recuperación de su estado de muerte sino en Dios, en su poder y en su misericordia. Es sólo Dios que empezó la obra de la redención. Es sólo Dios que la continuó y la lleva a cabo, en todo momento en cada creyente individual. Incluso en el hombre regenerado no hay poder de bondad en él. No puede ni tiene nada que no lo haya recibido; y el esperar en Dios le es igualmente indispensable, y debe ser tan continuo e incesante, como el respirar que mantiene su vida natural.

Es, pues, porque los creyentes no conocen bien su relación de absoluta pobreza e invalidez, con respecto a Dios, que no tienen sentido de su dependencia absoluta e incesante, y de la bienaventuranza inefable de esperar en Dios de modo continuo. Pero, una vez un creyente ha empezado verlo, y consiente en ello, por medio del Espíritu Santo recibe en todo momento lo que Dios obra el esperar en Dios pasa a ser su esperanza y si gozo. Al captar cómo Dios, en cuanto Dios y amo infinito, se deleita en impartirle su propia naturaleza a su hijo, tan plenamente como este hijo puede aceptarlo, cómo Dios no se cansa en ningún momento de cuidar de su vida y fortalecerle el creyente se maravilla de que hubiera pensado con respecto a Dios de modo distinto al de un Dios en quien esperar constantemente. Dios dan do y obrando sin cesar; el hijo incesantemente esperando y recibiendo; ésta es la vida bienaventurada. «Solamente en Dios descansa mi alma; de E viene mi salvación.» Primero esperamos en Dio: para recibir la salvación. Luego sabemos que h salvación es sólo para llevarnos a Dios y enseñar nos a esperar en El. Luego encontramos que hace algo mejor todavía, que el esperar en Dios es en sí mismo la mayor salvación. Es darle a Él la gloria de serlo Todo; es experimentar que El es e todo en nosotros. ¡Que Dios nos enseñe la bienaventuranza de esperar en El! ¡Alma mía espera sólo en Dios!