"La respuesta del alma al llamamiento divino"

La respuesta del alma
al llamamiento divino
Retrocede en tu mente treinta y siete siglos. La suave luz de una
puesta de sol oriental cae dulcemente sobre los pastos fértiles regados por el
ancho Eufrates; y mientras su resplandor ilumina todas las perspectivas
variadas por rebaños, chozas y villas, irradia con una riqueza especial de
color la pequeña villa de Harán, fundada cien años antes por Tera, quien
viajando hacia el norte desde Ur, se resolvió a no ir más lejos. El anciano
sintió profundamente la pérdida de su hijo más joven, y dio su nombre al
poblado. Y así con el tiempo fueron construidas casas y fueron rodeadas con
un muro al estilo oriental. Allí murió Tera, y de allí se había puesto en
camino la caravana por el mandato de Dios para cruzar el terrible desierto,
hacia la tierra desconocida de promisión.

Sin embargo una división de la familia -la de Nacor -vivía allí todavía.
Bethuel, su hijo, era la cabeza, y en aquella familia en el tiempo de que
escribo, había al menos una madre, un hermano llamado Labán y una hija en
la primera flor de la belleza femenina: Rebeca.
Es Rebeca quien ocupa el lugar central en la escena pastoril que estamos
contemplando. Todos sus primeros años habían sido pasados en aquella vieja
villa. Rebeca era una muchacha mañosa, que sabía cocinar sabrosos platos
de carne y cuidar los rebaños, como lo hizo su sobrina Raquel en ese mismo
sitio en años posteriores, y llevar su cántaro graciosamente balanceado sobre
el hombro. Conocía por nombre a toda la gente que vivía en la población, y
había oído hablar de sus parientes que antes de su nacimiento habían
atravesado el gran desierto, y de quienes apenas se había recibido alguna
vaga noticia, por muchos años. Tenía poca idea de la inmensidad de la tierra,
y de su lugar en ella; y en sus sueños más extravagantes nunca pensó sino en
vivir y morir dentro de los límites de su lugar natal. Con paso elástico,
modales modestos, pura de corazón, amable y generosa, con un rostro muy
hermoso, como nos dice la historia sagrada, ¡cuán poco se imaginaba que la
rueda de la providencia de Dios pronto había de arrebatarla de su hogar
tranquilo y arrojarla al gran mundo exterior que estaba más allá del
horizonte de las arenas del desierto!

Una tarde especial un extranjero se detuvo junto al pozo, a orillas de la
pequeña población. Llevaba en su comitiva una magnífica caravana, de diez
camellos, cada uno ricamente cargado, y todos con trazas de un largo viaje.
Allí esperó la pequeña banda como si no supiera qué hacer en seguida. Su
líder era probablemente el buen Eleazar, el mayordomo de la casa de
Abraham, que había venido allí en una comisión solemne de su amo.
Abraham era ahora avanzado en años. Isaac su hijo tenía cuarenta años de
edad, y el anciano anhelaba verle bien casado; y aunque su fe nunca dudaba
de que Dios cumpliera su promesa de la simiente, sin embargo tenía deseos
de estrechar con sus brazos de anciano el segundo vínculo entre él y su
posteridad. Por esto había obligado a su fiel siervo con un juramento doble:
en primer lugar que no tomaría una mujer para su hijo de entre las hijas de
los cananeos en su derredor, sino de su propia parentela en Harán, y en
segundo lugar que nunca sería un cómplice de la vuelta de Isaac a la tierra
que había dejado. Este solemne juramento fue iluminado con la declaración
del anciano de que el Señor Dios del Cielo, quien le había sacado de la casa
de su padre y la tierra de su parentela, enviaría a su ángel delante de él y
daría éxito a su misión.
Habiendo llegado al pozo de la ciudad al acercarse la noche -«a la hora de la
tarde cuando salen las mujeres a sacar agua»-, el piadoso líder suplicó a Dios
que «usara de benevolencia», dirigiéndose al Todopoderoso como el Señor
Dios de su amo Abraham y suplicándole que al prosperar su empresa
mostrara bondad a su amo. La sencillez y confianza de esta oración son muy
hermosas, y son seguramente el reflejo de la piedad que reinaba en aquel
extenso campamento establecido en derredor de los pozos de Beerseba, y
que era el resultado de los pasos de Abraham tan cercanamente a Dios.
Es nuestro privilegio hablar con Dios acerca de todas las cosas en la vida.
Las cosas más minuciosas no son demasiado pequeñas para aquel que
enumera los mismos cabellos de nuestras cabezas. No nos conviene pasar ni
un día sin suplicarle que use de benevolencia para con nosotros. Haríamos
bien de pararnos junto al poso en la mañana o en la tarde y encomendarnos
al Señor, confiando en que Él prospere nuestro camino. Y si esto es cierto de
días ordinarios, ¡cuánto más lo es de aquellos días que deciden el destino,
que son los puntos de partida de la vida, y en los que se concluyen planes
que pueden afectar todos los años siguientes!

No hacemos mal en pedir una señal de Dios, si permitimos que las
circunstancias de nuestra vida ordinaria indiquen su voluntad, para que esto
se confirme por medio de inspiración interior dada por Él mismo, y para
expresar en hechos lo que ya ha sido impreso en nuestra conciencia. No
tenemos derecho de pedir señales para gratificar una curiosidad mórbida;
pero somos justificados a pedir la coincidencia de la providencia exterior
que indica la voluntad de Dios. Fue una inspiración santa y feliz lo que hizo
que el piadoso siervo suplicara que la doncella, quien respondió con
prontitud cortés a su súplica de que le diera agua, fuese aquella a quien Dios
había señalado como esposa para el hijo de su amo; y le sucedió a él como
sucederá siempre a los que han aprendido a confiar como niños, que «antes
de que hubiera acabado de hablar», su respuesta esperaba a su lado.
No es necesario relatar con detalles todo lo que sucedió: los regalos de
pesadas joyas, el reconocimiento reverente de la bondad de Dios al contestar
la oración, cuando el hombre inclinó la cabeza y adoró al Señor, la ida
rápida para la casa, la admiración de la madre y del hermano de los
espléndidos regalos, el relato dado con la respiración entrecortada del
encuentro inesperado, la hospitalidad ofrecida por Labán, cuyas ideas de
hospitalidad fueron apresuradas por su espera de ganancia y quien habló las
palabras de bienvenida con aumentado calor porque vio las ricas cargas de
los camellos, la provisión de paja y forraje para los camellos y de agua para
los pies de los cansados guías y de alimento para su conductor y la negación
a comer hasta que hubiera relatado su encargo y verificado su propósito; la
historia relatada con palabras ardientes de la grandeza de Abraham, la
narración de la manera maravillosa en que el que hablaba había sido
conducido, y Rebeca indicada, la súplica final de que sus parientes usaran de
benevolencia y lealtad en el negocio y su consentimiento pronto y sin
vacilación que hizo que el anciano siervo se postrara en tierra con santo
éxtasis para adorar al Señor...
«He aquí a Rebeca delante de ti; tómala y vete, y sea ella mujer del hijo de
tu Señor, como lo tiene ordenado Jehová».

Entonces de sus tesoros sacó alhajas de plata y de oro, y vestidos con que
adornar la bella forma de Rebeca; su madre y Labán también recibieron
cosas preciosas hasta la satisfacción del deseo de sus corazones: «Y
comieron y bebieron él y los hombres que con él venían y pasaron allí la
noche». En el crepúsculo de la mañana siguiente, rehusando toda invitación de
esperar más, el mayordomo de Abraham se puso en camino para volver,
llevando consigo a Rebeca y su nodriza; y por el fragante aire de la mañana,
las bendiciones de aquel pequeño grupo de amantes corazones llegaron a su
oído, mientras sentada sobre su camello, envuelta en un ensueño de juvenil
esperanza y admiración, oyó la última voz de su hogar: «Y bendijeron a
Rebeca diciéndole: Tú, hermana nuestra, seas madre de miles de millares; y
posea tu descendencia la puerta de sus enemigos».
Así tenemos que omitir los detalles de esta historia, que lleva impresa en ella
las señales de inspiración y verdad; baste decir que no hay párrafo superior
en este libro por su estilo rico, dulce y plácido. Acaso está lleno de aquellos
rasgos de la naturaleza que hacen parientes a todos los hombres y los
conmueven a todos igualmente.
Una lección para los que llevan el llamamiento de Dios: saturemos nuestra
obra con oración. Como su amo, el siervo no quería dar un sólo paso sin
oración. No fue que siempre hablaba en alta voz. Nadie habría sabido que el
anciano oraba estando parado allí junto al pozo. Tampoco dictaba
arbitrariamente órdenes a Dios; pero echó toda la responsabilidad del
negocio sobre Aquel que siempre se había mostrado tan fiel amigo de su
amado amo. Tenía que hacer una cosa dificilísima, en la que había muchas
posibilidades de fracasar. ¿Era probable que una joven quisiera dejar su
hogar para cruzar la vasta extensión de arena en compañía de un completo
extranjero, para llegar a ser la esposa de una persona a quien ella nunca
había visto?
Nosotros también a veces somos enviados a desempeñar negocios muy
difíciles de cumplir. Humanamente hablando, parece probable que nuestra
misión fracase: pero los que confían en Dios no tienen la palabra «fracaso»
en su vocabulario. Sus corazones son centros desde donde se levanta la
oración silenciosa y fragante a la presencia de Dios. Tuvieron éxito donde
parecían ser amenazados con una decepción segura. ¡Obrero cristiano! No
deberías tu emprender ninguna misión para Dios, ya sea a una sola alma o a
una congregación, sin hacer la oración «depárame buen encuentro hoy».
Debemos también pedir dirección a Dios. El mayordomo de Abraham
suplicó que la que había sido escogida para esposa estuviera dispuesta a
sacar agua para sus camellos. Esto puede ser trivial para algunos; pero era un
prueba verdadera para el carácter de una señorita: mostraba una pronta bondad de corazón, que estaba preparada para traspasar los requisitos de la
cortesía convencional. Indicaba una naturaleza en que el soberbio orgullo no
tenía lugar.
¿No es un hecho que en semejantes actos triviales e impensados hay un
índice seguro de carácter? Con frecuencia los siervos de Dios se equivocan
mucho; porque se imponen en las almas, no viviendo dentro de la voluntad
de Dios, no procurando saber lo que Él desea, no esperando hasta que Él
abra la puerta de la circunstancia a alguna nueva vida.
Nosotros no conocemos siempre el solemne misterio que rodea a cada alma
humana, o hasta dónde toda la conciencia espiritual se ha retirado, o la costra
gruesa de mundanalidad y descuido que ha cubierto las sensibilidades del
ser. Dios es el único que entiende todo esto; y obraríamos sabiamente
dejando el caso en sus manos para que Él abra el camino de acceso a la
ciudadela del corazón. Podemos estar seguros de que Dios no dejará de
ayudarnos, sino que mientras estamos hablando, Él oirá y nos contestará.
Digamos mucho en alabanza de nuestro Maestro. Es hermosa la elocuencia
que usa el anciano acerca de su amo. No dice una palabra acerca de sí
mismo, ni se alaba en manera alguna, por estar tan absorto en la historia de
su amo ausente. ¿No fue esto también característico de los apóstoles, quienes
predicaron, no a sí mismos, sino a Cristo Jesús el Señor, y cuyas narraciones
son como vidrios incoloros, que no dejan pasar sino la gloria de Él? Es una
lástima que nosotros nos impongamos tanto, que los hombres salen hablando
de nosotros. Perdámonos en nuestro tema. Y mientras ostentamos las joyas
del carácter cristiano en nuestra propia conducta, que sea el tema de nuestro
mensaje: «El Señor Jehová ha bendecido en gran manera a nuestro Maestro
Cristo, y le ha dado un Nombre que es sobre todo nombre, y le ha alzado a
su propia diestra en los lugares celestiales, muy arriba de todo principado y
poder y todo nombre que es nombrado: y es digno de recibir poder y
riquezas, y fortaleza, y honor, y gloria y bendición».
Y cuando el éxito atiende a tus palabras, no dejes de dar toda la gloria a
Aquel de quien ha venido. Aceptemos nosotros también la invitación que le
fue ofrecida a la dócil Rebeca. Y si aquella invitación es aceptada,
perderemos nuestro nombre, que es pecador, por el Nombre de Cristo;
seremos ataviados con hermosas alhajas, participaremos de sus riquezas, nos
sentaremos con Él sobre su trono y todas las cosas serán nuestras.

 ¿Dejarás todo para pertenecer a Cristo? ¿Darás tu corazón a tu Amante
invisible para ser suyo para siempre? Venid y os pondréis bajo la dirección
del bendito Espíritu Santo, que aboga la causa de Cristo, así como hacía el
mayordomo de Abraham con la de Isaac; y dejad que Él os conduzca a
donde está Jesús. Luego que hayas oído el llamamiento, y recibido las joyas
de promesa, que son las arras de tu herencia, debes ir a tu hogar y decir a tus
amigos qué grandes cosas el Señor ha hecho por ti.
No debemos aplacarlo ni consultar con carne y sangre. Los hombres, y las
circunstancias, quisieran estorbar que comenzáramos la peregrinación. Este
es el método de Satanás para romper la unión para siempre. No debe haber
tardanza ni pérdida de tiempo...
Ciertamente, el viaje era largo y fatigoso; pero en todo el camino el corazón
de la joven Rebeca fue sostenido por lo que le decía el fiel siervo, del hogar
a donde se dirigía y del hombre a quien su vida debía ser unida, haciéndole
así olvidar el cansado camino:«A quien aunque no le había visto amaba; y en
quien, aunque no le veía, se regocijaba».
Sí, ya le amaba y anhelaba verle. Una tarde sucedió el encuentro. Isaac había
salido a meditar por la tarde, lamentando tristemente la pérdida de su madre,
anticipando ansiosamente la venida de su esposa, y mezclando con todo esto,
pensamientos santos. Y cuando levantó la vista y miró a través de los pastos,
he aquí, que venían los camellos, y las dos almas jóvenes se unieron en
amor. ¡Feliz encuentro, que hizo que Rebeca olvidara todas las fatigas de su
viaje, y la pérdida de toda su parentela! ¿No fue también un emblema del
momento cuando la obra del Espíritu Santo, nuestro bondadoso Conductor,
terminará en la presencia de nuestro Señor, el verdadero esposo de los
corazones santos, y veremos su rostro, y estaremos para siempre con Él, no
saliendo ya más para siempre?
Ya pasado algún tiempo en aquel hogar silencioso, de nuevo se oyó la charla
de voces de niños; y por algunos años, el patriarca Abraham se regocijó con
la presencia de sus nietos, a quienes relataría deleitosamente las historias del
pasado; especialmente aquella que explicaba cómo su padre, en una ocasión,
había subido a la cumbre de Moria, para ser, como si fuera, levantado de la
muerte.

Tomado del libro: "Abraham: la obediencia de la fe" (Frederick B. Meyer)

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