Tomarse en serio la Palabra de Dios

He escuchado tu Palabra, oh, Señor, y ha llenado mi corazón
de alabanza y adoración. No me permitas perder de vista el
valor incalculable de tu Palabra en mi vida personal. Nunca
me dejes dar nada por hecho, sino que permite al Espíritu Santo
confirmar en mi vida cada día tu bendita voluntad. Amén.

Una de mis grandes preocupaciones es que muchos de los cristianos
modernos no se toman en serio la Palabra de Dios. Por
el motivo que sea, las Escrituras no tienen autoridad sobre la
vida del cristiano del modo que es necesario para que él o ella
vivan una vida para la gloria de Dios. A muchos les ha dado por
trivializar la Palabra de Dios; algunos incluso la tratan como
una especie de juego, para divertirse. Si queremos que el Espíritu
Santo nos dote de poder, debemos empezar por tomarnos
la Biblia en serio.
Pablo explica que “la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de
Dios” (Ro. 10:17). Si nos apartamos de la Palabra de Dios y de la
atención seria que hemos de prestarle, nuestra fe naufragará en
la ciénaga del desánimo.
Quizá el motivo principal por el que no nos tomamos tan
en serio la Palabra de Dios es porque nos hemos vuelto susceptibles
a las numerosas fuentes de ruido en este mundo, que en
realidad son intrascendentes. Se trata de cosas ruidosas, como digo, pero sin embargo no tienen gran importancia. Incluso el
mundo habla de ellas con una sonrisa irónica y no se las toma
demasiado en serio.
Sin duda que en este mundo hay cosas que importan, como
el hambre, el dolor, la vida, la muerte y el destino. Estas cosas
son importantes y hay que prestarles una gran atención. Pero,
aparte de estas, no hay muchas cosas que importen, y parece
que cuanto más ruido hace algo, menos importa. Los cristianos
somos como el bebé que está en la cuna; lo que más llama nuestra
atención son los sonajeros. De hecho, cuanto más ruido haga
el sonajero, más nos gusta.
Sin embargo, déjeme decirlo otra vez: el mero hecho de que
una cosa haga ruido no quiere decir que sea importante.
La política, sea cual fuere el partido, en realidad no cuenta
mucho. Da igual que sea usted demócrata o republicano. La
política de nuestro país puede cambiar por el capricho de unos
políticos a quienes lo único que les interesa es conseguir que
vuelvan a elegirlos otra vez. Se oponen inflexible y elocuentemente
a cualquier política que obstaculice su reelección.
Las filosofías tampoco son realmente importantes. En el
fondo, el debate sobre idealismo y realismo no es cuestión de
vida o muerte. Puedo pasármelo muy bien debatiendo los méritos
relativos de diversas filosofías, y acabar agotado y embargado
por el orgullo intelectual, pero en el mundo no habrá
cambiado nada. Puedo ganar una discusión, pero mi victoria
no afecta en nada a cualquier cosa realmente importante en
este mundo.
Luego tenemos la psicología. En este mundo no es importante
ni la vieja ni la nueva psicología. Cuando era joven, me
empapé bastante de psicología. Fui a conferencias, leí libros y
reflexioné mucho sobre las teorías psicológicas. Lo que descubrí
es que, tras examinarlo todo, en realidad no ha cambiado nada. 
Las cosas realmente importantes de este mundo no se ven afectadas
ni una pizca por la psicología.
Incluso la ciencia, por importante que sea, no altera las
cosas verdaderamente importantes. Tenemos a los Newton, los
Einstein y el siguiente genio que siga sus pasos. Después de que
hayan dicho todo lo que saben y hayan dado conferencias eruditas
sobre el hallazgo científico más reciente, nada importante
habrá cambiado.
La poesía y las canciones son otras cosas ruidosas que forman
parte del mundo, pero no producen cambios. Me encanta
la poesía, y he leído mucha. Debo confesar que buena parte era
mala poesía, pero de vez en cuando encuentro un poeta bueno.
Cuando descubro a un poeta así, me alegra el día. Pero incluso
después de disfrutar de la poesía de ese gran escritor, descubro
que no ha cambiado nada realmente importante.
Todas estas cosas pasan y nos abandonan, inalterados, bajo
los golpes contundentes de la vida, el sufrimiento y la muerte.
Incluiré la predicación en esta categoría. Sin duda que la
predicación tiene sus propósitos. Es una manera de desarrollar
estructura social, edificar carácter y una comunidad mejor.
Fomenta la masculinidad noble y la feminidad hermosa, e
incluso puede dar pie a pensamientos elevados. Todo esto es
positivo. Muchos predicadores utilizan este tipo de predicación,
y admito que existen beneficios superficiales; pero, una vez se ha
predicado cualquier sermón, no es más que el sonido de una voz
distante que tolera el sinsentido. Nada de esto se toma en serio,
porque no lo es; no cuenta para nada en las crisis.
Piensa en el último sermón que hayas escuchado. ¿Qué
importancia tendrían las lecciones de ese sermón si te vieras
envuelto en un accidente de tráfico, enfrentándote a la posibilidad
de morir? Algunas cosas son cuestiones de vida o muerte;
otras, en realidad, no son tan importantes. 
Asimilando la Palabra de Dios
Esto me lleva a una de esas cosas que realmente importa, la
única que debemos tomarnos en serio. Por supuesto, esa única
cosa es la Biblia. En mis manos tengo un libro, la Biblia, que está
por encima de toda secta, nacionalidad, raza, género y escuela
intelectual. Este libro que tengo en las manos es el único libro
serio que marca una diferencia; todos los demás, en comparación,
no son nada.
Me pregunto qué pensaría una persona que ha vivido toda
su vida en una cueva y por fin sale a la luz del sol y lo ve por
primera vez. ¿Cómo describiría el sol esa persona? ¿Qué pensaría
realmente de él? Desde el día en que nació ha vivido sin la
influencia del sol en su vida, o al menos eso piensa ella.
¿Y qué hay de esas personas que han vivido (o eso piensan
ellas) en una cueva espiritual y nunca han visto la luz del sol que
es la Palabra de Dios? Resulta difícil pensar que alguien pudiera
encajar en esta categoría. Sin embargo, en los Estados Unidos
de América, supuestamente la nación más cristiana del mundo,
todavía quedan personas que nunca han sido expuestas personalmente
a la Palabra de Dios.
¿Qué pasaría si una de estas personas acudiera a la Palabra
de Dios por primera vez? Empezaría a leerla y descubriría que
este libro hace afirmaciones impresionantes.
Primero, este libro al que llamamos “Biblia” está solo. No es
comparable a ningún otro libro y, por consiguiente, no hay ninguna
otra autoridad que proyecte su sombra sobre la Biblia. Mi
autoridad como cristiano descansa únicamente sobre este libro,
no sobre este más algún otro.
Además, la Biblia representa la Palabra con autoridad de
Dios. No hay medias tintas ni matizaciones. Debemos aceptar
la Biblia en sus propios términos, sin hacer excepciones para
alguien que no está de acuerdo con todo lo que aparece en ella.
O todo es Palabra de Dios o nada lo es. Dividirla en porciones
supone comprometer su autoridad.
Ahora bien, a muchos les gusta tomar una porción de las
Escrituras por un lado, otra porción por otro, y una más de otro
lugar, y luego construyen algo que no es realmente lo que enseña
la Biblia. Esto es lo que han hecho todas las sectas. A los herejes
les apasiona hacerlo, e intentan convencer al mundo de que
lo que enseñan es la Biblia auténtica. Pero en el fondo es una
Biblia manipulada y deformada para encajar con los prejuicios o
el programa de otros.
Si estas afirmaciones sobre la Biblia son ciertas, este libro
merece toda nuestra atención, porque nos afecta en la vida, el
sufrimiento, la muerte y el destino.
Sin embargo, hay quien se niega a tomársela en serio.
Veo solo dos explicaciones de por qué la gente no se toma en
serio la Biblia.
Las consecuencias de la ceguera espiritual
Jesús dijo: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel
que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Jn. 12:46). Quiero
insistir en que la ceguera espiritual es autoinfligida. A todos
nosotros se nos ha concedido la oportunidad de escapar de las
tinieblas mediante la fe en Jesucristo. Si preferimos quedarnos
en la oscuridad en lugar de caminar en la luz, tendremos que
aceptar las consecuencias de esta lección, la más grave de las
cuales se manifiesta como la presencia de determinadas tendencias
malignas en la humanidad.
Una consecuencia de la ceguera espiritual es el odio. Algunas
personas están tan llenas de odio, ira y amargura que se
les ve en los ojos. En la vida hay muchos problemas sin resolver
que conducen a este tipo de odio y de amargura. La ceguera del
corazón ha permitido que el odio irradie desde la mirada. No se

trata de un problema psicológico que se pueda arreglar con una 
terapia, sino de un problema espiritual que precisa la luz bendita
del evangelio para provocar una transformación.
Otra consecuencia de la ceguera espiritual es la codicia.
Cuando miramos algunas personas, vemos que irradian codicia.
Solamente piensan en lo que pueden conseguir y en cómo pueden
aprovecharse de una circunstancia o de una persona, en cómo salir
ganando. Las tinieblas espirituales han inundado sus corazones
hasta tal punto que en lo único que piensan es en aprovecharse
de la situación que se presenta. Cuando la ceguera impide ver más
allá de ti mismo y de los intereses, se convierte en algo espantoso.
El orgullo de la vista es otro aspecto de esta tiniebla espiritual.
Las Escrituras la denominan “la vanagloria de la vida”, que
es precisamente lo que es. Me sorprenden las cosas de las que se
enorgullecen las personas hoy día. En la mayoría de los casos
se trata de cosas superficiales, éxitos transitorios u honores que
carecen de importancia. Las personas se enorgullecen de ganar
un partido de baloncesto o de obtener otros éxitos que no cambian
ni mejoran la vida en ningún sentido. Hoy día las personas
se enorgullecen de cosas que habrían avergonzado a las generaciones
anteriores. Las tinieblas espirituales nos impiden reconocer
lo que es importante y lo que no lo es. En esta generación
padecemos la maldición de lo superficial.
La lascivia de la vista es otra gran calamidad de la destrucción
de los nervios ópticos espirituales. Jesús nos advirtió: “Pero
yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla,
ya adulteró con ella en su corazón” (Mt. 5:28).
La lujuria es el objetivo final del deseo carnal y su satisfacción,
y constituye el fundamento de muchos pecados. No se trata
tanto del acto, sino de la intención del corazón. Un ojo lascivo
es la gran característica de esta generación, que se manifiesta
especialmente cuando vamos caminando por la calle de cualquier
ciudad. Miradas lascivas, lujuriosas. Todos los pecados
nacen de la semilla de la lujuria y luego se convierten en actos 
inicuos. “Por qué todo lo que hay en el mundo, los deseos de la
carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene
del Padre, sino del mundo” (1 Jn. 2:16).
Juan nos exhorta a que busquemos al Padre, de modo que
cerremos la puerta al mundo y a todos sus atractivos. La luz del
evangelio es la que nos guía hacia el corazón del Padre y nos distancia
del mundo.
Luego tenemos la incredulidad de la vista. La oscuridad
espiritual da como resultado la maldición de la incredulidad.
La incredulidad nos impide acercarnos al Padre por medio del
Hijo y nos aleja del reino de Dios, empujándonos al reino de
este mundo. No hay nada peor que la incredulidad, porque nos
aparta de lo que Dios ha planeado para nosotros.
En la mirada de algunas personas espiritualmente ciegas
también percibimos la venganza. Alguien les ha hecho algo o les
ha dicho algo y su mirada se llena de deseos de vengarse. Ahora
buscan maneras de devolver el golpe a quien les hizo daño. La
venganza conduce al desánimo y a sentimientos crueles, y no es
el estilo de vida de quienes se han convertido de verdad. “No os
venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la
ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré,
dice el Señor” (Ro. 12:19).
Los fariseos eran un ejemplo de otra de las consecuencias
de la ceguera espiritual: el orgullo espiritual. Consideraban que
todos los demás eran inferiores a ellos. Se había constituido el
estándar de lo que era correcto y bueno, y se consideraban la
máxima expresión de la justicia. Todos los demás estaban equivocados
y debían compararse con los fariseos. Seguramente el
orgullo espiritual ha hecho más daño al reino de Dios que cualquier
otra cosa, pues intenta sustituir la justicia de Dios por la
justicia de los hombres, que no es justicia. Solamente hubo un
justo, que fue el Señor Jesucristo. Los ojos que reflejan el orgullo
espiritual blasfeman de la justicia de Cristo. 
Otra consecuencia de la ceguera espiritual es la rebelión. El
objetivo de esta rebelión es Dios. La gran calamidad de un nervio
óptico espiritualmente entenebrecido es que se rebela contra
Dios y contra su autoridad. Desde el punto de vista lógico,
la rebelión no tiene sentido. De la rebelión no sale nada bueno,
sobre todo en el ámbito espiritual. La rebelión nos aparta de
Dios y nos hace caer en los brazos del enemigo del alma humana.
Esta rebelión empezó cuando Lucifer dijo: “Seré semejante al
Altísimo”. Inyectó en la humanidad este espíritu venenoso de
rebelión por medio de Eva en el huerto. Desde entonces toda la
humanidad ha sido rebelde a Dios.
Lamentablemente, muchos se han aclimatado a las tinieblas
espirituales que llevan dentro. Pero esta ceguera interna acarrea
unas consecuencias terribles. Es la responsable de todo el dolor
y el sufrimiento del mundo moderno. Muchos culpan a Dios del
sufrimiento, pero en realidad lo ha creado nuestra rebelión contra
Dios.
Esta confusión sobre quién es el responsable de nuestro sufrimiento
nace del hecho de que la persona espiritualmente ciega,
lastrada con una conciencia pervertida, no es capaz de ver los
valores morales. Una vez más, este proceso carece de lógica. Esta
ceguera interior no logra apreciar una conciencia pura y unos
valores morales positivos. Lo que las personas espiritualmente
entenebrecidas consideran bueno es contrario a lo que Dios considera
bueno. Llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno, debido
a su ceguera interior. 

Tomado del libro: "El poder de Dios para tu vida"
 (A.W. Tozer)

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