La Oración que prevalece- George Muller

Respuestas a oraciones de las narraciones de George Mueller

1.– Dependencia absoluta de los méritos y la mediación del Señor Jesucristo, como la única base de cualquier
pedido de bendición. (Vea Juan 14:13, 14; 15:16, etc.)
2.– Separación de todo pecado conocido. Si damos lugar a la iniquidad en nuestro corazón, el Señor no nos escuchará, porque eso sería sancionar el pecado. (Sal. 66:18)
3.– Fe en la palabra de promesa de Dios confirmada por su juramento. No creerle es hacerle mentiroso tanto como perjuro. (Heb. 11:6; 6:13-20.)
4.– Pedir de acuerdo con su voluntad. Nuestras motivaciones deben ser santas; no debemos buscar ninguna dádiva de Dios para consumirla en nuestras lascivias (1 Juan 5:14; Santiago 4:3)
5.– Importunidad en suplicar. Tiene que haber un esperar en Dios y un esperar a Dios, así como el agricultor tiene mucha paciencia para esperar la cosecha. (Santiago 5:7; Lucas 18:1-8.)

LA LECTURA CUIDADOSA Y CONSECUTIVA DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS
Acerca de este tema el Sr. Mueller dice:
"Caí en la trampa en la que caen muchos nuevos creyentes, de leer libros religiosos en lugar de las Escrituras. Ya no podía leer novelas en francés y alemán, como antes, para alimentar mi mente carnal; pero todavía no las remplazaba con el mejor de todos los libros. Leía tratados, hojas misioneras, sermones y biografías de personas consagradas. Este último tipo de libros me resultaba más provechoso que los otros, y si los hubiera seleccionado bien, o si no hubiera leído demasiados de estos escritos, o si alguno de ellos me hubiera impulsado particularmente a amar las Escrituras, me hubieran hecho mucho bien –en ninguna etapa de mi vida había adquirido el hábito de leer las Sagradas Escrituras. Antes de los quince años de edad, leía un poco de ellas en la escuela; después puse totalmente a un lado el preciado libro de Dios, de modo que, según recuerdo, nunca leía ni siquiera un capítulo, hasta que quiso Dios iniciar una obra de gracia en mi corazón. Ahora bien, la manera bíblica de razonar hubiera sido: Dios mismo ha condescendido a convertirse en un autor y yo ignoro ese preciado Libro que el Espíritu Santo ha causado que fuera escrito por sus siervos, y contiene aquello que debería saber, y el conocimiento que me guiará a la verdadera felicidad; por lo tanto, debería leer una y otra vez este preciadísimo Libro, este Libro de los libros, y hacerlo con toda dedicación, con espíritu de oración y con mucha meditación; y en esta práctica debería continuar todos los días de mi vida. Porque yo percibía, aunque lo leía un poco, que casi no sabía nada de él. Pero en lugar de actuar en base a estos antecedentes, y ser motivado por mi ignorancia de la Palabra a estudiarla más, mi dificultad en comprenderla, y lo poco que la disfrutaba, me hizo descuidar su lectura (porque leer la Palabra en espíritu de oración, no brinda únicamente conocimiento, sino que aumenta la delicia que nos produce leerla); por lo tanto, como muchos creyentes, en la práctica prefería, durante los primeros cuatro años de mi vida espiritual, las obras de hombres no inspirados a los oráculos del Dios viviente. La consecuencia fue que seguí siendo un infante, tanto en conocimiento como en gracia. Digo en conocimiento, porque uno debe derivar del Espíritu el verdadero conocimiento de la Palabra. Y como yo descuidaba la Palabra, por casi cuatro años fui tan ignorante que no captaba claramente ni siquiera los puntos básicos de nuestra santa fe. Y, tristemente, esta falta de conocimiento me impidió andar firmemente en los caminos de Dios. Porque es la verdad que nos hace libres (Juan 8:31, 32), librándonos de la esclavitud de los deseos de la carne, los deseos de la vista y el orgullo en la vida. La Palabra lo comprueba; y lo comprueba también decididamente mi propia experiencia. Porque cuando agradó al Señor, en agosto de 1829, acercarme realmente a las Escrituras, mi vida y andar cambió mucho. Y aunque aun desde entonces no he llegado a ser todo lo que debería ser, la gracia de Dios me ha dado el poder para vivir más cerca de él que antes.

Si algún creyente lee esto, que en la práctica prefiere otros libros a las Sagradas Escrituras, y que disfruta los escritos de los hombres más que la Palabra de Dios, reciban una advertencia al considerar lo que yo perdí. Considero que este presente libro habrá sido el medio para hacer mucho bien, si el Señor, por medio de él, guía a algunos de los suyos a ya no descuidar las Sagradas Escrituras, sino a darles la preferencia que hasta ahora le han dado a los escritos de los hombres. Mi renuencia a aumentar la cantidad de libros hubiera sido suficiente para impedirme escribir estas páginas si no estuviera convencido de que es la única manera en que los hermanos en general se beneficiarán a través de mis equivocaciones y errores y, bajo la influencia de la esperanza de que en respuesta a mis oraciones, la lectura de mi experiencia pueda ser el medio para llevarlos a valorar más las Escrituras, y de hacerlas la regla de todas sus acciones... Si alguien me preguntara cómo leer las Escrituras con el máximo de provecho, le aconsejaría que:
I.–Ante todo, debe tener la convicción de que sólo Dios, por su Espíritu, le puede enseñar y que, por lo tanto, como le pedirá a Dios bendiciones, le conviene buscar las bendiciones de Dios antes de leer y también mientras lee.
II.–Además, debe tener la convicción de que, aunque el Espíritu Santo es el mejor y suficiente maestro, no siempre enseña inmediatamente cuando lo deseamos y que, por lo tanto, es posible que tengamos que rogarle una y otra vez que nos dé la explicación de ciertos pasajes; y que de hecho, finalmente nos enseñará si estamos buscando iluminación en espíritu de oración, pacientemente y con una percepción de la gloria de Dios.
III.–Para comprender la Palabra de Dios, es de inmensa importancia leerla organizadamente, de manera que leamos cada día una porción del Antiguo y una porción del Nuevo Testamento, continuando donde dejamos de leer el día anterior. Esto es importante porque:
(1) Arroja luz sobre la relación de un pasaje con otro, y leerla en otro orden, eligiendo siempre los mismos capítulos en particular, hará imposible comprender mucho de las Escrituras.
(2) Mientras estamos en el cuerpo, necesitamos un cambio aun en las cosas espirituales; y este cambio es lo que el Señor ha provisto generosamente en la gran variedad que se encuentra en su Palabra.
(3) Menoscaba la gloria de Dios dejar a un lado algunos capítulos aquí y allá, e indica que uno cree que ciertas porciones son mejores que otras; o que hay ciertas partes de la verdad revelada que no son provechosas o que son innecesarias.
(4) Nos puede guardar, por la bendición de Dios, de conceptos erróneos, pues al leer de esta manera las Escrituras de tapa a tapa llegamos a captar el significado integral, y también nos impide poner demasiado énfasis en ciertos conceptos favoritos.
(5) Las Escrituras contienen toda la voluntad revelada de Dios, y por lo tanto de cuando en cuando hemos de leer de principio a fin esa voluntad revelada. Me temo que hay muchos creyentes en la actualidad que nunca han leído las Escrituras en su totalidad, pero en pocos meses, leyendo sólo unos pocos capítulos todos los días podrían hacerlo.
(6)Es también de gran importancia meditar en lo que leemos, a fin de que quizá podamos meditar en el transcurso del día en una pequeña porción de lo que hemos leído o, si tenemos tiempo, meditar en el todo lo que leímos. O podríamos considerar todos los días una pequeña porción de un libro, o una epístola o un Evangelio a fin de meditar regularmente, pero sin esclavizarnos a este plan. He descubierto que uno almacena en la cabeza los comentarios eruditos, con sus muchas nociones y
frecuentemente también con la verdad de Dios; pero cuando el Espíritu enseña por medio de la oración y meditación, el corazón es afectado. El tipo de conocimiento adquirido de comentarios por lo general enorgullece, y muchas veces se renuncia a él cuando otro comentario da una opinión distinta, y con frecuencia uno descubre que no sirve para nada cuando trata de llevarlo a la práctica. El conocimiento que se adquiere del Espíritu por lo general humilla, produce gozo, nos acerca más a Dios y no puede rebatirse con facilidad. Como ha sido obtenido de Dios y por lo tanto ha entrado a nuestro corazón, y se ha hecho carne en nosotros, por lo general lo llevamos a la práctica.

CÓMO DETERMINE LA VOLUNTAD DE DIOS 


1. PROCURO AL PRINCIPIO conseguir que mi corazón llegue a un estado tal que no tenga voluntad propia con respecto a un asunto dado. El noventa por ciento del problema de la gente radica justamente en esto. El noventa por ciento de las dificultades se superan cuando nuestro corazón está preparado para hacer la voluntad del Señor, sea cual fuere. Cuando se encuentra realmente en este estado, por lo general está muy cerca del conocimiento con respecto a cuál es su voluntad.

2. HABIENDO LOGRADO ESTO, no dejo el resultado a los sentimientos producidos por una simple
impresión. Si lo hago, me expongo a grandes desilusiones.

3. BUSCO LA VOLUNTAD del Espíritu de Dios, por medio de la Palabra de Dios o en relación con ella. Hay que combinar el Espíritu y la Palabra. Si dependo del Espíritu únicamente, sin la Palabra, también me expongo a grandes desilusiones. Si el Espíritu Santo ha de guiarnos, lo hará coincidiendo con las Escrituras, nunca contrariamente a ellas.

4. LUEGO TOMO en cuenta circunstancias providenciales. Éstas con frecuencia indican claramente la voluntad de Dios en relación con su Palabra y Espíritu.

5. LE PIDO A DIOS en oración que me revele bien su voluntad.

6. DE ESTE MODO, POR MEDIO DE LA ORACIÓN a Dios, el estudio de la Palabra y la reflexión, llego a una determinación consciente según mi habilidad y conocimiento y, si mi mente está en paz con esto, y sigue así después de dos o tres peticiones más, obro en consecuencia.
En los asuntos triviales, tanto como en las transacciones que involucran las cuestiones más importantes, he descubierto que este método es siempre efectivo.

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