LA CENA DEL SEÑOR- C. H. Mackintosh


La institución de la Cena del Señor debe ser considerada por todo cristiano espiritual como una prueba particularmente conmovedora de los misericordiosos cuidados del Señor y de su considerado amor por su Iglesia. Desde el tiempo en que fue instituida hasta el día de hoy, la Cena del Señor fue un firme, aunque silencioso, testigo de esta verdad, que el enemigo ha procurado corromper y destruir por todos los medios a su alcance: que la redención es un hecho cumplido del que todo creyente en Jesús, aun el más débil, puede regocijarse. Ya han transcurrido dos mil años desde que el Señor Jesús estableció el pan y la copa como los símbolos de su cuerpo partido y de su sangre derramada por nosotros, respectivamente. Y, a pesar de los innumerables cismas y herejías, de tantas controversias y contiendas, de todas las guerras de principios y los prejuicios que manchan las páginas de la historia eclesiástica, esta tan significativa institución ha sido conmemorada por los santos de todas las épocas. Es verdad que el enemigo, en una vasta sección del cuerpo profesante, logró envolverla en un manto de oscura superstición; logró presentarla de tal manera que quedó oculta de la vista de los participantes la gran realidad eterna que conmemora. El enemigo, efectivamente, tuvo éxito en reemplazar a Cristo y a su sacrificio cumplido, por una ineficaz ordenanza, la que por el mismo modo de su administración prueba su completa inutilidad y su oposición a la verdad (véase la nota al pie de la página.....). Sin embargo, a pesar del fatal error de Roma referente a la ordenanza de la Cena del Señor, ella todavía declara a todo oído circunciso y a toda mente espiritual la misma verdad preciosa y profunda: “Anuncia la muerte del Señor hasta que él venga.” El cuerpo fue partido y la sangre derramada una vez, y nunca más se ha de repetir; y el partimiento del pan no es más que el memorial de esta verdad emancipadora.
¡Con qué profundo interés y agradecimiento, pues, el creyente puede contemplar “el pan y la copa”! Sin pronunciar una sola palabra, la Cena presenta ante nuestras almas las más preciosas y gloriosas verdades: la redención cumplida; los pecados perdonados; la gracia reina; la justicia eterna establecida; el aguijón de la muerte ha desaparecido; la gloria eterna ha sido asegurada; la gracia y la gloria fueron reveladas como un libre don de Dios y del Cordero; la unidad del “un cuerpo” bautizado por “un Espíritu”, ha sido manifestada. ¡Qué fiesta gloriosa! Retrotrae al alma, en un abrir y cerrar de ojos, veinte siglos, y le muestra al mismo Señor, la misma “noche que fue entregado”, sentado a la mesa, e instituyendo allí una fiesta que, desde ese solemne momento, desde esa memorable noche, y hasta rayar el alba, habría de conducir el corazón de cada creyente hacia la cruz, cuando mirara atrás, y hacia la gloria, cuando mirare adelante.
Desde entonces, esta fiesta, por su misma simplicidad, y no obstante su profundo significado, reprimió la superstición de los hombres —que quisieron deificarla y hacer de ella un objeto de culto—, la profanidad que quiso violar su carácter santo, y la incredulidad que quiso borrarla por completo; pero, a la vez que reprimió todas estas cosas, fortaleció, consoló y refrescó el corazón de millones de queridos santos de Dios. Qué dulce es pensar, cuando nos reunimos el primer día de la semana alrededor de la Mesa del Señor, que apóstoles, mártires y santos se reunieron en torno a esta fiesta, y hallaron allí, en su medida, frescura y bendición.
Muchas cosas tuvieron lugar con el correr de los siglos: Muchas escuelas de teología surgieron, florecieron y desaparecieron; doctores y padres amontonaron cuantiosos y ponderosos volúmenes de teología; funestas herejías obscurecieron la atmósfera y fragmentaron por completo a la Iglesia profesante; la superstición y el fanatismo introdujeron sus infundadas teorías y extravagantes ideas; los cristianos profesantes se dividieron en innumerables partidos o sectas; pero, a pesar de las tinieblas y la confusión que reinaron, la Cena del Señor ha subsistido siempre, y nos habla de una manera simple, aunque poderosa: “Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1.ª Corintios 11:26).
¡Qué fiesta preciosa! ¡Gracias a Dios por concedernos tan grande privilegio de poder celebrarla! Con todo, no son sino símbolos, simples elementos que a los ojos de la naturaleza no valen nada ni dicen nada. El pan partido y el vino vertido, ¡qué simple! Sólo la fe puede leer el significado de esos símbolos, y, por tanto, no precisa de los extraños agregados que le introdujo la falsa religión con el objeto de sumarle dignidad, solemnidad y temor, cuando en realidad ese acto debe todo su valor, todo su poder y toda su grandiosidad al hecho de ser el memorial de una obra cumplida y eterna, que la falsa religión niega.
¡Ojalá que tú y yo, querido lector, podamos comprender mejor el significado de la Cena del Señor, y experimentar más profundamente la gracia de partir ese pan que es “la comunión del cuerpo de Cristo”, y de beber esa copa que es “la comunión de la sangre de Cristo” (1.ª Corintios 10:16)!

Tomado del libro: "La Cena del Señor" Mackintosh 

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